GRANDES FECHAS: 30 DE SEPTIEMBRE, DÍA INTERNACIONAL DE LA TRADUCCIÓN
Extractado de “Don Quijote sobre la traducción”, de Valeri Iovenko

... Sucedió, pues, que, yendo por una calle, alzó los ojos don Quijote, y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: Aquí se imprimen libros; de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta alguna, y deseaba saber cómo fuese. Entró dentro, con todo su acompañamiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer en ésta, enmendar en aquélla, y, finalmente, toda aquella máquina que en las emprentas grandes se muestra. Llegábase don Quijote a un cajón, y preguntaba qué era aquello que allí se hacía; dábanle cuenta los oficiales; admirábase, y pasaba adelante. Llegó en otras a uno, y preguntóle qué era lo que hacía. El oficial le respondió:
-Señor, este caballero que aquí está -y enseñóle un hombre de muy buen talle y parecer y de alguna gravedad- ha traducido un libro toscano en nuestra lengua castellana, y estoyle yo componiendo, para darle a la estampa.
-¿Qué título tiene el libro? -preguntó don Quijote.
-A lo que el autor respondió:
-Señor, el libro, en toscano, se llama Le Bagatelle.
-Y ¿qué responde le bagatelle en nuestro castellano? -preguntó don Quijote.
-Le bagatelle -dijo el autor- es como si en castellano dijésemos los juguetes; y aunque este libro es en el nombre humilde, contiene y encierra en sí cosas muy buenas y sustanciales.
-Yo -dijo don Quijote- sé algún tanto de el toscano, y me precio de cantar algunas estancias del Ariosto. Pero dígame vuesa merced, señor mío (y no digo esto porque quiero examinar el ingenio de vuesa merced, sino por curiosidad no más): ¿ha hallado en su escritura alguna vez nombrar piñata?
-Sí, muchas veces -respondió el autor.
-Y ¿cómo la traduce vuesa merced en castellano? -preguntó don Quijote.
-¿Cómo la había de traducir -replicó el autor- sino diciendo olla?
-¡Cuerpo de tal! -dijo don Quijote-, y qué adelante está vuesa merced en el toscano idioma! Yo apostaré una buena apuesta que adonde diga en el toscano piace, dice vuesa merced en el castellano place, y adonde diga più, dice más, y el su declara con arriba, y el giù con abajo.
-Sí declaro, por cierto -dijo el autor-, porque ésas son sus propias correspondencias.
-Osaré yo jurar -dijo don Quijote- que no es vuesa merced conocido en el mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables trabajos. ¡Qué de habilidades hay perdidas por ahí! ¡Qué de ingenios arrinconados! ¡Qué de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés; que aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de lenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada, ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen. Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno, el doctor Cristóbal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de Jáuregui, en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución, o cuál el original. Pero dígame vuesa merced: este libro, ¿imprímese por su cuenta, o tiene ya vendido el privilegio a algún librero?...
Por un lado, no es sorprendente que estas reflexiones sobre las cuestiones teóricas y prácticas de la traducción, que aparecieron mucho antes de la consolidación de la traductología, fueran escritas por un autor español. Lo cierto es que la práctica de la traducción en España estaba consagrada por tradiciones de larga data. Ya a finales del siglo XII, el español Pedro Alfonsín tradujo al latín una colección de cuentos indios y árabes, y en 1130, tuvo lugar un acontecimiento verdaderamente único en la historia de la traducción: en Toledo, uno de los centros científicos y culturales de España en aquel entonces, se fundó la primera escuela de traductores de Europa, impulsada por el arzobispo de Toledo, Raimundo, en el Concilio de esta ciudad.
Los traductores toledanos tradujeron del árabe al latín libros de filosofía, astronomía y botánica, tratados médicos que escandalizaron a los eruditos cristianos y marcaron un hito que dividió la historia de la ciencia medieval en un antes y un después de su advenimiento. El análisis de sus obras sugiere que estaban influenciados por la lengua original, pues a menudo contenían calcos léxicos del árabe que posteriormente se incorporaron al vocabulario del español.
Los márgenes de los manuscritos conservan inscripciones en español antiguo, lo cual da motivos para creer que se trataba de una modificación editorial, en la que el rey Alfonso X el Sabio desempeñó un papel fundamental. En conclusión, es de suponer que las numerosas traducciones de los maestros de Toledo no solo influyeron considerablemente en la formación de la lengua española, sino que también contribuyeron a la creación de la literatura española.
En el siglo XIII, aparecieron en España las primeras adaptaciones de novelas de caballerías francesas. Si bien la escuela de Toledo se caracterizaba por traducciones predominantemente literales, las interpretaciones francesas de las tramas caballerescas se adaptaban libremente.
A finales del siglo XV la práctica de la traducción en España alcanzó su apogeo, debido a varios factores históricos: el descubrimiento de América, la aparición de las primeras imprentas y el inicio de la Reconquista. En los siglos XVI y XVII, el Siglo de Oro de la literatura española, se conocieron también las traducciones literarias de renombrados escritores españoles como Lope de Vega, Mateo Alemán y Francisco de Quevedo.
Sin embargo, las dificultades del proceso de traducción se hacían cada vez más evidentes. Como se desprende del fragmento anterior, Cervantes fue uno de los que expresaron dudas sobre la posibilidad de trasladar el valor artístico del texto original. Así, a través de Don Quijote, expresó su opinión sobre una cuestión clave que preocupaba a muchos traductores, escritores y poetas de la época: ¿es posible la traducción? Y, de ser así, ¿es posible una buena traducción, o, como diríamos hoy, una traducción adecuada?
Este debate sobre la «traducibilidad», que ha perdurado durante siglos, fue el resultado del enfrentamiento entre dos tendencias opuestas. Los defensores de la primera tendencia se adherían al principio del literalismo, debido a una «reverencia sagrada» al traducir la Biblia al griego y al latín, y posteriormente a las lenguas de la Europa medieval. No obstante, los «literalistas» a veces distorsionaban las normas de la lengua receptora. Como protesta contra la traducción literal, nació una tendencia contraria, hacia la traducción libre, lo que provocó que las obras traducidas quedaran irreconocibles que generaban dudas sobre su autoría.
Además, la idea de Cervantes sobre la existencia de equivalentes interlingüísticos anticipó las teorías sobre sus niveles en la traducción que solo se configuraron en la segunda mitad del siglo XX. Finalmente, reconociendo las grandes dificultades del trabajo de los traductores, Cervantes elogió efusivamente a los maestros de la traducción y calificó de “admirable” al traductor de italiano y de “loable” su labor. Así, a pesar de su carácter literario, la escena de esta conversación en la novela de Cervantes constituye uno de los primeras planteamientos de los problemas de la teoría y la práctica de la traducción en la historia de la literatura universal.”




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