Reseñas y comentarios


Tomado de Voprosy literatury (revista Temas Literarios)

Literatura como recurso. Tatiana Tolstaya

Reseña de Olga Osmukhina, Doctora en Filología, autora de los libros: “Máscara del autor en la prosa rusa, s. XIII – primer tercio del s. XIX”, “Literatura rusa a través del prisma de identidad: máscara como forma de representar al autor en la prosa del s. XX”, de numerosos artículos sobre la historia de la literatura rusa.

Pocos prosistas contemporáneos rusos han atraído tanto interés hacia su obra y han recibido comentarios tan benévolos sobre la totalidad de su producción como Tatiana Tolstaya. Ingresa de manera brillante a la literatura en 1983 con la publicación en la revista Aurora del cuento “Sentados en el pórtico de oro…”, reconocido, por cierto, como uno de los mejores ejemplos de “prosa menor” de los años 80; en 1987, sale a la luz una colección de cuentos que lleva el mismo título, que es recibida con entusiasmo por lectores y críticos, pero luego, de hecho, interrumpe su actividad literaria durante una década, porque se va a Estados Unidos donde se dedica plenamente a la docencia. Toda la prosa publicada en los años 90 –las novelas incluidas en “Sonámbulo en la niebla” (1992), “Ama, no ama (1997), “El río Okkervil” (1999), traducidas al inglés- siguen siendo la misma colección de debut complementada con varios relatos.

Su regreso a la gran literatura fue espectacular: el comienzo del nuevo milenio, el momento de la crisis de los valores tradicionales y la reevaluación del pasado, estuvo marcado por la publicación de la novela distópica postmoderna “Kys” (2000), que con toda claridad se hace eco de “1984” de Orwell y “Nosotros” de Zamiatin. Tal y como lo señala V.Paramónov, en esta novela, después de un largo silencio, la escritora “no solo no cambió su estilo, en absoluto, sino que lo expandió a una forma mayor: una novela, un espacio en el que su escritura individual no se licuó, no se disolvió, no perdió su fuerza ni tensión, sino que, por el contrario, se apareció en todo su esplendor ante la gente, la ciudad, el mundo. Después del lanzamiento de “Kys” Tolstaya se despertó hecha un clásico. Es toda una enciclopedia de la vida rusa, aunque inventada, con su flora y fauna, historia y geografía, fronteras, vecinos, costumbres y hábitos de la población, sus canciones, bailes y juegos –un mundo entero recreado por ella.

Sin embargo, por muy bien que la mayoría de los críticos valore la novela, Tolstaya como prosista comienza y continúa con los relatos que dan testimonio de su extraordinaria sensibilidad, ante todo, hacia la situación literaria de nuestro tiempo. A mediados de la década de 1980, en el contexto general de lo que se escribió con descuido y “a toda prisa”, sus historias causaban buena impresión por el virtuoso dominio del lenguaje, ingenio artístico, exquisito gusto de la autora y, lo más importante, la conciencia de cómo se debe escribir.

Parecería que quizás los problemas “eternos” y más comunes en la literatura rusa: el tema de la infancia como un intento de comprender la vida y a uno mismo (“Sentados en un pórtico de oro…”, “Yorick”, “La cita con un pájaro”), el conflicto romántico de los sueños y la realidad (“Círculo”, “Fuego y polvo”), la imagen del hombre pequeño, gente común cercana a los lectores (“Sonya”, “Peters”, “Cacería de mamuts”, “Querida Shura”), adquieren un nuevo cariz en su prosa gracias al método de descripción completamente original, no explorado, la imaginería desafiante, detalles dicientes, lo insólito de los acercamientos verbales y metáforas… Según la propia Tolstaya, la escritura se convirtió para ella en un reflejo del deseo de “verbalizar” y nombrar constantemente los objetos del mundo circundante:

“Mi cabeza está dispuesta de tal manera que tengo que pronunciar palabras, es decir, observo un paisaje hermoso o una escena divertida, y no puedo solo mirar, sino que debo articularlo, nombrarlo, entender cómo se hace. Aquí hay un jarrón de vidrio frente a mí, en él hay una rosa rosada, y decirlo significa no decir nada. ¿Qué significa “rosa rosada”? Hay un millón de tonos de este color. Y de eso ya se ha dicho todo. Entonces, es necesario decirlo de modo que esta rosa, viva como está, quede de alguna manera en el papel, en el texto. Para que una persona ni siquiera se dé cuenta de que la vio. Se debe inventar unas palabras que le den una nueva vida en él. Y hasta que no se te ocurra algo, pues no estás viendo nada”

// http://tntolstaya. narod.ru /inteview_tolstaya_real_lit.htm/.


Un rasgo característico (y una técnica narrativa “palpable”) de su “prosa menor” es el uso de la retórica poética coloquial, desde la anáfora, la aliteración y la asonancia hasta el paralelismo sintáctico: “El otoño entró en la casa del tío Pasha y le dio un golpe en la cara. ¿Qué quieres, otoño? Espera, ¿vienes en serio? Han caído las hojas, han oscurecido los días, se ha encorvado Margarita. Yacen en la tierra las gallinas blancas, los pavos se fueron volando a tierra caliente, salió del baúl el perro amarillo y, abrazado al tío Pasha, escucha por la noche el aullido del viento norteño. ¡Niñas, alguna de vosotros, llevad al tío Pasha el té indio! ¡Cómo hemos crecido! Y ¡cómo estás de acabado, tío Pasha! Tienes las manos hinchadas, dobladas las rodillas. Este silbido con que respiras, ¿para qué es? Lo sé, lo voy adivinando: escuchas cómo rechinan las tapas de hierro, de día vagamente, de noche con claridad. Se está desgastando la cadena.” “Sentados en el pórtico de oro…”

Como acertadamente señaló A. Guenis, la “herramienta principal” de Tolstaya que devuelve la realidad a un cuento de hadas” es el tropo más poético, la metáfora que puede reducirse o, por el contrario, desdoblarse en un “esbozo hoffmanniano”, “paisaje gótico” o “bodegón cubista”. Es la metáfora que es para la prosista un recurso para representar lo universalmente conocido, lo cotidiano, enfocándolo desde una perspectiva inesperada, un mundo efímero e ilusorio en el que viven los personajes: eternos niños bienaventurados, absurdos, tímidos. Llenos de bondad y misericordiosos; no apreciados por los demás, están condenados a la soledad: el tío Pasha, solo, se siente aterido en su casa (“Sentados en el pórtico de oro…”), Sonya toma una burla por amor (“Sonya”), colapsan los sueños de Simeonov (“El río Okkervil”), la trágica existencia sin sentido de Peters (“Peters”). Todas las historias de sus personajes se desarrollan en un espacio y tiempo privado, personal, en nada parecido al campo de acción “colectivo” de la literatura oficial.

Cabe destacar que a mediados de los años 80, Tolstaya fue una de los primeros escritores en mostrar la existencia “ordinaria”, aburrida y triste, capaz de reprimir a una persona que carece de imaginación y no busca formas de escapar de ella. Por lo tanto, la sombría vida de los personajes, sus despedidas, peleas, soledad, eventos de la vida cotidiana se presentan bajo una doble luz: miserable y desafortunada, sin duda viciada desde el punto de vista de sus vecinos, conocidos y parientes más exitosos, ellos, según para la propia autora, llevan “luz” en el alma, y ​​por lo tanto pueden “cambiar” la vida real por una ficticia. Su existencia se cierra, por regla general, dentro de los límites de una realidad imaginaria o recuerdos de una infancia feliz y sin nubes; es precisamente este equilibrio de los personajes al borde de lo real y lo ilusorio, la renovación de la vida cotidiana a expensas de la ilusión y la fabulosidad que se introduce en ella, lo que constituye la mayoría de las tramas de su prosa menor.

A partir de su primera historia, vemos los retratos de personas capaces de soñar, que siguen siendo niños, enajenadas por fantasías del mundo real. Por ejemplo, en la historia “Sentados en el pórtico de oro...”, el jardín se convierte en una metáfora de la infancia, un espacio ilimitado y al mismo tiempo único y omnipresente:

“Al principio fue un jardín. El jardín fue la infancia. Sin fin, sin límite, sin fronteras ni vallas; en el rumor y susurro, dorado a la luz del sol, verde claro en la sombra, de miles de capas desde los brezos hasta las copas de los pinos; hacia el sur, había un aljibe con sapos; hacia el norte, setas y rosas blancas; hacia el oeste, un frambuesero nido de zancudos; hacia el este, arándanos, abejorros, despeñadero, lago, puentecillos….”.

En pos de los personajes de Vladímir Nabókov, tan reverenciado por la escritora, los suyos experimentan dolorosamente una ruptura con el paraíso perdido de los niños. Sin embargo, a diferencia del Ganin (“Mashenka”) y Martyn Edelweiss (“Peregrinación”), los personajes de Tolstaya, ya maduros, destruyen la armonía de la infancia, incapaces de soportar una confrontación con la realidad.


Con el tiempo, Tolstaya los evalúa con más dureza y se vuelve más categórica en su propio rechazo a las leyes de la existencia humana: “El mundo es finito, el mundo es curvo, el mundo es cerrado…” (“Círculo”; comparar con la restauración armónica del mundo infantil de la “sensación dividida” en el relato homónimo de Nabókov). Junto a los “benditos” soñadores de sus relatos, aparecen personajes con el alma endurecida, perdiéndose en la lucha por el imaginario bienestar mundano. Por ejemplo, el alguna vez conmovedor y bondadoso Ignátiev (“Hoja en limpio”), aplastado por los problemas familiares, se decide por una intervención quirúrgica: la extirpación del alma. Realmente queda “curado” de la angustia mental, pero al mismo tiempo, una “simple” cirugía lo convierte en una “hoja en blanco”, un ser miserable, cruel y grosero, dispuesto no solo a denunciar al médico que lo operó, sino incluso a deshacerse de su propio hijo enfermo: “Tal y tal, ya no puedo mantener a este mocoso en casa. Insalubre, ya sabes. Tenga la amabilidad de proporcionar un internado”.

Un componente típico de sus relatos —junto con el uso de la fantasía, los motivos fabulosos y la hiperbolización— es la intertextualidad como referencia a otra realidad, que Tolstaya actualiza indirectamente a nivel de alusiones y reminiscencias, citas ocultas y explícitas, y representando tramas bien conocidas: el cuento de Kornéi Chukovsky sobre el amable doctor Aibolit (Dolittle) se convierte en una historia sobre la inutilidad de la mujer africana Judith y la falta de sentido de la vida en general (“Limpopo”); la imagen de Pierre Bezújov se transforma en un Peters “mezquino” (“Peters”); la trama del cuento de hadas ruso sobre las pruebas para encontrar al hombre amado pasa a ser la historia de la joven Nina quien recorre las comisarías para deshacerse de su rival (“El poeta y la musa”).


El ámbito intertextual no solo se amplía, sino que se replantea en la novela distópica “Kys”, en la que se produce una terrible metamorfosis con una vida bella en su distancia, “atraída” al presente según la ley de la distopía: alusiones a la ciudad de Glúpov (Tontín) de M. Saltykov-Shchedrín (“Historia de una ciudad”) y a la realidad soviética; las referencias a la mitología pretenden mostrar la degeneración cultural del mundo y del hombre futuros. Aquí, la escritora también pone de manifiesto las posibilidades de sintetizar los géneros, combinando fantasía y sátira, parábola y mito, parodia e investigación filosófica: siguiendo a Milorad Pavic, Umberto Eco, Víktor Pelevin en el desarrollo del tema posmoderno favorito, “el mundo como un texto”, Tolstaya encuentra un giro muy inesperado -en el choque del personaje con varios textos, verdades elementales que revelan una realidad multifacética, este permanece ciego y sordo a la palabra despierta, la única capaz de revivir el “viejo” mundo y detener la degradación social. Benedicto no puede sentir la belleza de la palabra, su simbolismo, metáfora, el significado interno y la “forma” que aclara la esencia del ser. La palabra es leída literalmente por este personaje, quien resulta ser el portador de información cotidiana, que es a menudo absurda en esta literalidad: por ejemplo, en la canción rusa “Estepa y estepa por todas partes ...” Benedicto, de acuerdo con su pensamiento primitivo, reconoce solo una amenaza a la riqueza librera (“¿Por qué se largó a la estepa si no era para esconder el libro?), así como las líneas poéticas de Borís Pasternak “Febrero: sacar la tinta y llorar...” las interpreta a través del prisma de su propia experiencia cotidiana: “¡Es que un día extra es un trabajo que sobra, impuestos sobrados, y toda carga humana, hasta el llanto! Y lo introducen, este día, en febrero, y hasta hay un verso sobre eso...”.

-¿Gracioso? –Sí, es gracioso; en parte incluso raya en ternura y se ve conmovedor. Al igual que los personajes de las primeras historias de Tolstaya, Benedicto está dotado hasta cierto punto de una visión del mundo “infantil”: es ingenuo, sentimental, capaz de comprender y sentir la naturaleza:

“Qué frío hace hoy, el vapor sale por la boca y la barba está toda escarchada. ¡Pero sigue siendo una bendición! Las isbas se mantienen firmes, negras, a lo largo de las cercas se levantan grandes ventisqueros y se han abierto caminos hacia cada puerta. Las colinas descienden suavemente y se elevan suavemente, blancas, onduladas; los trineos se deslizan por las laderas cubiertas de nieve, detrás de los trineos se extienden sombras azules, y la nieve cruje con destellos de todos los colores, y detrás de las colinas sale el sol y también juega con la luz iridiscente en el cielo azul. Si entrecierras los ojos, giran los rayos del sol, si levantas nieve esponjosa con la punta de la bota de fieltro, brillará, como si revolotearan fuegos maduros.”

Sin embargo, en comparación con los personajes de la prosa “menor”, la imagen de Benedicto se presenta “encogida” en el mismo estilo paródico: el primitivismo de su visión del mundo, la rudeza y el subdesarrollo se deben a la falta de impresiones infantiles vívidas, una ruptura con sus raíces. La única forma de encontrarse a sí mismo es unirse a la cultura a través del libro. La única forma de hallar a sí mismo es unirse a la cultura a través del libro.

A primera vista, como protagonista, Benedicto es partícipe de la palabra: es un copista. Y él es uno de los pocos en Fedor-Kuzmichsk (¡observemos esta topografía “demoníaca” sologubiana!) que conoce el alfabeto. Sin embargo, no ve su significado sagrado, que toma cuerpo en la estructura de la novela misma: los capítulos de “Kys” se titulan con las letras del antiguo alfabeto ruso, donde cada signo gráfico está impregnado de simbolismo, de Az a Ízhitsa. Es por eso que tampoco entiende las palabras de despedida de su mentor, el fogonero Nikita Ivánovich, “¡Aprende el ABC! ¡A B C!”.

Es más: el personaje, amante de los libros y lector voraz, intenta sistematizar la biblioteca del suegro, pero los principios que sigue son absurdos: una parte se ordena por tamaño, color y apariencia, los cuales, en su opinión, atestiguan su “contenido interno”. Así, las obras de Chéjov le parecen escritas por un juerguista, solo porque se ven desgastadas, mientras que la impoluta limpieza de los libros de Antonina Koptyaeva le sugiere que deben ser ciertamente “puros” y profundos en términos de contenido. Otra parte de los libros se ordena por el color usado en el título (“Flor escarlata”, “Rojo y negro”, “Flecha amarilla”, “Príncipe negro”), o por asociación: Mújina (apellido derivado de mosca), Shershenévich (de avispón), Zhukov (de escarabajo), Shmeliov (de abejorro), Tarakanova (de cucaracha), etc.

El personaje ni siquiera se da cuenta del simbolismo de su propio nombre, que su madre le puso en recuerdo de los tiempos “anteriores a la explosión”, con la esperanza de revivir la antigua cultura. “Benedicto” consta de letras cirílicas que, como cualquier texto, tienen un significado simbólico: “Buki es lo nuestro, es lo bueno y es duro, resistente, firme”. Por lo tanto, el sentido de este nombre es que el bien es la realidad más importante, y la letra es la verdad que es capaz de revivir esta realidad. No obstante, los verdaderos valores -bondad, moralidad, libertad, amor- son inaccesibles para Benedicto, quien, protegiendo el libro, traiciona a su mentor espiritual, mata a uno de los “queridos”, sin comprender el quid de la existencia.

La novela, sin duda alguna, está bien escrita. Sin embargo, a pesar de su destreza artística, “Kys” nunca se convirtió en un fenómeno literario importante, entre otras cosas, por llegar una década más tarde al lector. En el contexto de todo un corpus de distopías de los años 80 y 90 (“Isla de Crimea” de Vasili Aksenov, “Conejos y boas” de Fazil Iskander, “Moscú-2042” de Vladímir Voinovich, “Sin retorno” de Aleksandr Kabakov, “Palisandria” de Sasha Sokolov, etc.), “Kys”, en el cambio de milenio, todavía lleva a lo grotesco los fenómenos que ya están presentes en la realidad, excluyendo la más mínima posibilidad de cambios “para mejor”, poniendo así en evidencia lo depresivo de la fantasía de la autora.


La novela, por cierto, trazó una serie de temas principales del periodismo de Tatiana Tolstaya: el escepticismo con respecto a la vida rusa moderna, la cultura y su falta, la degradación espiritual e intelectual. Recordemos que la escritora actuó como publicista en periódicos rusos y extranjeros a lo largo de la década de 1990: su prosa periodística y ensayística fue incluida en las colecciones “Las hermanas” (1998; en coautoría con Natalia Tolstaya), “Un día: lo personal” (2001), “Uvas pasas” (2002). Después de haber cambiado la narrativa novelística por el periodismo, Tolstaya de nuevo pone énfasis en su propia peculiaridad dentro del gremio general de sus colegas del taller literario, recordando tanto a los críticos como a los lectores que “un poeta en Rusia es más que un poeta” y encauzando su interés hacia la comprensión de los problemas actuales. Junto a unos juicios bastante duros sobre literatura y cuestiones sociales, se ubica en el centro de sus reflexiones el tema del “mundo ruso”, con sus permanentes intentos de autodeterminación, interpretación de la mentalidad rusa.

Así, en la colección “Un día: lo personal”, Tolstaya señala con sarcasmo:

“Por alguna razón, los rusos creen que son una nación portadora de Dios, que Dios los amó y los marcó, y algunos explican su constante infelicidad con una prueba enviada por Él, por ser los “elegidos”; … otros se quejan y le preguntan a Dios por qué se enojó con ellos y en qué pecaron. … Mientras que hay al menos un pecado que cometen los rusos: no aman a su prójimo. De ahí este descontento mutuo, hostilidad, desunión y, a menudo, el sincero “goce maligno”, que es, por supuesto, uno de los pecados más graves. Cuál es la razón de esto: no aman a su prójimo porque son infelices, o son infelices porque no aman a su prójimo, no lo sé.”

“Patriota sin nacionalismo”, según su propia definición; no fue por casualidad que cifró ella misma el título “Un día” con la palabra “personal” como definición de género. Todos sus artículos, ensayos, escritos satíricos aquí recogidos descuellan por una visión puramente personal, valoraciones francas e ironía: desde las reflexiones sobre América, Israel, Italia, hasta la literatura rusa o las películas de Alexéi German. Sin embargo, la autora retoma y vuelve a resaltar el valor de la palabra, de la cultura y la disposición de una persona para el diálogo con otra.

Cabe señalar que después de regresar de los Estados Unidos, Tolstaya no volvió del todo a la literatura que había dejado de ser un asunto “primario” para ella: desde 2002, la escritora, junto con la guionista Avdotia Smirnova, ha sido copresentadora del programa Escuela de la maledicencia, así como participante y miembro del jurado de espectáculos de entretenimiento “Instinto básico”, “Minuto de gloria”, etc. La propia Tolstaya comenta por qué cedió a la tentación de la “cultura de masas”: “Para mí es importante que haya sentido, y el sentido viene de Dios. En todo ello no se descubre el objetivo final, pero se percibe durante el proceso. Sientes si estás haciendo algo con sentido o sin sentido. Por ejemplo, me permito ser involucrada en toda clase de proyectos si se me presentan entendidos y entendibles. Por eso se nota tanto.”

Hace veinte años, cuando la escritora recién ingresaba a la literatura, una de sus colegas mayores en el medio y maestras reconocidas llamó a su prosa y técnicas narrativas “lujosas y derrochadoras” (Irina Grékova), refiriéndose a la capacidad de la autora para traspasar los límites del género a través de reminiscencias, paralelos semánticos, un estilo especial saturado de cadenas asociativas y metáforas; su capacidad de centrarse en detalles y minucias. Hoy en día, es de lamentar cómo dispuso ella, “con lujo y derroche”, de su talento, reemplazando fácilmente la obra literaria que tenía una gran demanda entre los lectores con proyectos comercialmente exitosos, pero dudosos en todos los aspectos. La literatura sigue siendo sólo un medio para lograr el éxito, parte de la estrategia, cuando el escritor, “ya no piensa demasiado en sus propias obras literarias, sino que trata de convertirse en una mercancía, principalmente televisiva, fácilmente vendible: los casos de Víktor Erofeev y Tatiana Tolstaya evidencian con claridad emblemática esta transformación en presentadores de televisión. El éxito de ventas ya no es “Kys”, novela vendida en una cuantiosa tirada, sino la animación de programas por Tatiana Nikitichna... El deseo de armonizar las posibilidades creativas con las exigencias del mercado actual lleva a que la literatura se vaya, pero el espectáculo continúa.


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