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- POKLONKA

- 14 dic 2025
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 17 dic 2025
Kuzia en el Más Allá.

Lo que parecía desde lejos un pasadizo resultó ser una puerta grande, pero muy grande, cubierta con revestimiento de baldosa brillante, que le hacía recordar las paredes de la cocina de servicio donde Kuzia devoraba el almuerzo reglamentario, con la única diferencia en el color: las tabletas de allá eran blancas, y aquí, verdiazules. El sanbernardo, con paso majestuoso, se sumergió de primero en la espesa sombra del umbral. El bóxer quiso seguirlo, pero, por la emoción, titubeó un poco y se atrasó. Y cuando, al atravesar el arco, entornó los ojos por la luz deslumbrante, no volvió a ver a su protector, que ya había logrado desaparecer, por extraño que parezca, sin dejar rastro ni olor alguno. Kuzia estaba solo. Ante sus ojos, hasta donde llegaba su mirada, se explayaba un mundo verde y floreciente, el cual, indudablemente, debería llamarse parque. El “parque” es el mejor lugar del universo. Los domingos en la mañana, cuando el Amo le decía: “Y bien, amiguito Kuzia, a pasear en el parque”, el perro, pese a su respetable edad, se ponía a brincar y chillar de emoción. En el parque había espacio, muchos encuentros y amistades emocionantes, miles de olores intrigantes, y en un quiosco blanco al lado del estanque, el Amo siempre le compraba un helado de crema. Sin embargo, este parque tenía más maravillas que el del paseo dominical. Así es como debería llamarse, Parque Maravilloso. Los árboles, arbustos y hierbas esparcían unos aromas tan deliciosos que, al aspirarlos, Kuzia dejó de ser lo que había sido. Sintió mareo y una ligera pesadez en la cabeza ...
El Conocimiento iluminó al bóxer. No le era posible comprender ni explicar qué era. Kuzia no había aprendido nada nuevo; tampoco recordaba nuevas órdenes o reglas. Aun así, le bastaba observar un objeto y olfatearlo para Saber. Nada más Saber y punto. Así supo que no había sido traído al Parque Maravilloso por casualidad. Tenía que Elegir. No le daba miedo en absoluto esa tarea, pero era muy importante, importantísima. ¡Ojalá estuviera a su lado el sanbernardo! Le enseñaría qué debería hacer y cómo comportarse. Kuzia miró alrededor inseguro y, de repente, se dio cuenta que los azulejos de la puerta, que había atravesado para llegar al Parque, estaban adornados con repujados de animales. Normalmente, un perro no se fijaba en pinturas y cuadros, pues no significaban nada para él. Cuando todavía era un cachorro tonto, solía ladrar a su propio reflejo en el espejo, porque no entendía cómo era posible que un perro no despidiera olor alguno. Más tarde se acostumbró y aceptó esa rareza como un hecho y perdió hacia ella todo interés. No obstante, las imágenes sobre la puerta eran de verdad. Tenían olor y se movían, bastaba con mirarlas y oliscar el aire.
Abajo, a los dos lados del arco, había un toro azul de ojos enormes y un león de oro que centelleaban y hacían visos. El toro, que olía a heno, establo cálido y fuerza en quietud, torció un ojo redondo y tranquilo hacia el bóxer, suspiró con resuello y tocó el borde del enchapado con la pezuña celeste. El león abrió la trompa y bostezó como un gato. No manifestaba hostilidad aunque daba mucho miedo ver sus colmillos afilados. En el primer instante el león le cayó muy bien a Kuzia, y el muñón de su cola comenzó a moverse por aquí y por allí. Pese a ello, advirtió que le hacía falta algo al animal de oro. No es que el bóxer lo entendiera – lo sintió. Mostrando los dientes en una sonrisa reverente, reculó, dio media vuelta y echó a correr por un paseo cubierto de arena amarilla, donde a ambos lados se veían cuadros y estatuas dispuestas entre arbustos y en glorietas caladas.


Un trapo grande que ondeaba suavemente bajo la brisa atrajo la atención del perro. Sobre el trapo, un bordado multicolor –una mujer con espejo en la mano, y a su lado, una bestia fantástica, parecida a un caballo blanco, pero con un cuernolargo sobre la frente y barba de chivo. La bestia, cuyo nombre el bóxer sabía que era Alicornio, no quitaba los ojos de encima de la mujer, y de inmediato se hacía evidente que en eso consistía su misión: mirar a la mujer y amarla con toda el alma. La mujer olía a perfume especiado y el Alicornio, a brezo y menta. Kuzia obsequió con un ladrido al carnudo-barbudo que ni se dignó mirarlo. La mujer apenas arrugó el entrecejo, y el soberbio Alicornio no lo determinó para nada. ¡Qué se los trague la tierra, pues!

En la siguiente glorieta había un cuadro con marco de oro que era aún más extraño que el bordado en la tela. Al principio, Kuzia pensó que lo que representaba era una montaña, pero las montañas no se mueven; en cambio, aquella, sin más ni menos, se puso en movimiento. Fue cuando se pudo ver un ingente animal representado en el cuadro. Movía despacio las columnas de sus patas cuyo paso hacía sacudir la tierra. El animal estaba pastando, comiéndose las copas de los árboles como las vacas se comen hierba, y cuando tuvo sed, se tomó el agua de un lago que descendió de nivel en el acto. El bóxer Sabía qué nombre tenía la montaña móvil, se llamaba Behemoth, y no se atrevió a ladrar a semejante monstruo. Se entretuvo un rato mirándole y se coló adelante.

Al lado de una glorieta adornada se detuvo más tiempo. Allí flotaba en el aire, sin ningún soporte, un lienzo con paisaje marino. Entre el rítmico ondeo, levantando crestas de espuma con la cola, se deslizaba un pez con cabeza de elefante. Como el océano no tiene medida, no era posible calcular qué tan grande era la criatura; sólo el Conocimiento le hizo saber que el portentoso pez se llamaba Makara y en sus dimensiones no cedía ante Behemoth. El olor que despedía la curiosa hechura, orejona y de trompa larga, no era de los más agradables –olía a escamas y algas-, pero ¡qué holgado se veía revolcándose entre la verde vastedad! Kuzia vaciló un buen rato si valía la pena saltar al agua salada o no. Sabía que podría hacerlo fácilmente. No, no lo hizo y siguió su camino a trote.

Vio un mosaico con tres aves sin precedentes. En medio de las dos, había un águila bicéfala con sus dos majestuosos picos vueltos a diferentes lados, que atendía con cortesía de qué estaban departiendo las vecinas. No le cabía duda a Kuzia que era eso, estaban departiendo, así lo entendió de inmediato y se llenó de envidia. Ni en su nueva hipóstasis fue dotado de la capacidad de hablar.

El pájaro, que posaba a la izquierda del águila, estaba todo hecho de llamas de fuego enceguecedor, por lo tanto lastimaba los ojos mirarlo. Se le cayó una plumita a la tierra - parecía una chispa, y duró un buen tiempo en apagarse entre la hierba.

La criatura alada a la derecha del águila, de cerca, no resultó ser un pájaro sino, más bien, un león, incluso más temible que el primero, el que adornaba la puerta de entrada. El segundo león tenía cabeza de ave con un descomunal pico puntiagudo y alas con membranas. Transmitía braveza, y Kuzia quedó tan embelesado observando al soberbio animal que se olvidó de sus interlocutores. Aun así, su aspecto no le cuadraba del todo bien. Si al primer león le faltaba algo, al segundo, al del pico, algo le sobraba.

A la vuelta de la esquina más cercana, en medio de un macizo de flores odoríferas, resplandecía una estatua, y al verla, Kuzia quedó literalmente petrificado. Cuando paseaba con el Amo en el parque, nunca prestaba atención a las esculturas de piedra desprovistas de sentido, a menos que estuvieran marcadas al pie por perros conocidos o desconocidos, por supuesto. Ahora era distinto: la estatua que vio estaba viva. Un anciano, sentado frente a un libro abierto, olía igual al Amo: a sapiencia, tranquilidad, seguridad y bondad. Era el mejor aroma del mundo, pero Kuzia no estaba mirando al hombre de piedra sino al León Alado, el que, a espaldas del lector, asumía la postura de guardián avizor. Ese león, el tercero en la fila, era exactamente tal y como debía ser. A diferencia del primero, era alado; a diferencia del segundo, no tenía pico de ave rapaz, pero sí una cabeza normal y, además, con una melena exuberante.

No había por qué seguir el camino. Tomando impulso, Kuzia saltó encima del pedestal, sacudiendo todo alrededor de un empujón; el equilibrio del universo se tambaleó ligeramente y en seguida se restableció. El hombre con el libro, sin volver la cabeza, acarició distraídamente la cabeza del perro y pasó la hoja. Y el león, ¿qué se hizo? No había nadie a su lado. Lo cierto era que Kuzia dejó de ser perro, había cambiado. El cuerpo seguía siendo casi igual, sólo que el pelaje rojo y corto adquirió brillo y un matiz dorado. Al mirar atrás, Kuzia vio que le había crecido la cola. ¡Cuánto envidiaba él a los perros rabudos, en especial, al pastor Rex que prestaba servicio en el mismo turno! Ahora su estropajo hirsuto no podría ni competir con la grácil cola del bóxer, rematada en una fabulosa brocha. Radiante, Kuzia sacudió la cabeza y descubrió que la cubría una abundante crin. Y faltaba algo más. Un extraño cosquilleo en los omoplatos lo hizo encogerse. Al compás de un ruido y en medio de palpitantes fluidos, el antiguo perro se remontó a las nubes, planeando fácil y libremente con sus sólidas y firmes alas. No sintió miedo. Al parecer, Kuzia se había deshecho para siempre de esa detestable sensación. Por encima de su cabeza le abría los brazos el cielo azul oscuro, todo sembrado de estrellas nítidamente delineadas; abajo lo llamaba con su verdor el Parque inundado de luz solar. Podríavolar en cualquier dirección, caer como una piedra o elevarse como una golondrina. Eso sí, sin ausentarse por mucho tiempo de su Puesto. Kuzia ya tenía otro nombre. Tendría que averiguarlo para poder asumir su Nueva Misión. O, a lo mejor, no sería alguna nueva sino la misma de siempre, no se sabe por qué razón interrumpida por los fugaces siete años de vida perruna.

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