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LA HORA DEL CUENTO

Actualizado: 23 feb 2023

DMITRI LIJÁNOV

El tocón

Traducción de Natalia Labzovskaya


Aquí, a un costado de la autopista, que despedía fuerte olor a asfalto recalentado, el arbolito se adaptó bien; no estaba solo: lo rodeaban muchos otros, nacidos también en aquellos benditos tiempos cuando, al parecer, el sol era más brillante, la tierra más rica en nutrientes y el agua, junto a las raíces, más dulce. Lo había plantado aquí un chico de carita pecosa, que llevaba en el cuello una pañoleta de pionero. Para proteger mejor el pequeño arbolito, que aún no había echado raíces, contra cualquier alocado vientecillo que pudiera torcerlo, hacerle daño, lo amarró con un cordel a una estaca. Después, con una regadera de latón, le vertió agua tibia y se fue vaya usted a saber adónde, tal vez a plantar otros árboles; o quizás a proteger bosques, recolectar papel reciclable o cumplir otras importantes tareas pioneriles.

En aquellos primeros años de su vida, el joven tilo se limitaba a acostumbrarse al suelo donde sus raíces se adentraban cada día más; a los abigarrados faisanes que poco antes del amanecer se paseaban con cautela por entre su follaje en busca de semillas y huidizos insectos; a las alondras que, en la primavera, se posaban en sus elásticas ramas para descansar y también a los pinzones reales de pechera encarnada que las adornaban en invierno. A la asfaltada autopista que se extendía por muchas verstas, al oriente y al occidente, y a los automóviles que corrían veloces por ella en ambas direcciones, dejando tras sí amargas emanaciones que olían a hollín y a combustible quemado. Por las ventanillas de algunos de ellos salían volando en dirección del árbol botellas vacías, paquetes de cartón arrugados y blancos vasitos de plástico. En ocasiones, los automóviles se detenían en el margen de la autopista y sus conductores, sin detener el motor, corrían hacia el árbol y orinaban contra su tronco. La orina humana chorreaba hacia abajo, hacia el suelo, y lo enriquecía con sales, acetona y urea, pero a la vez dejaba en la memoria del árbol una imprecisa sensación de ultraje, profunda como las primeras arrugas en su corteza.

En la primavera solían venir gruesas mujeronas ataviadas con chalecos anaranjados que recogían los residuos del desparpajo humano y los metían en grandes sacos de plástico. Como a desgana, intercambiaban improperios, asombradas ante la infinita capacidad de los hombres para emporcarlo todo, y avanzaban sin apuros por la autopista cual un rebaño de cansadas vacas coloradas. La quietud se reinstauraba, pero no por mucho tiempo, no para siempre.

Como al quinto año de la vida del árbol, vino una joven eriza resuelta a pasar el invierno aquí, en una madriguera. Con mucho cuidado, con delicadeza, escarbó entre las raíces, apilando con las patitas el musgo seco y hojas de tilo caídas. A finales de octubre, la acogedora y cálida guarida estuvo terminada. La eriza cerró sus brillantes ojillos-abalorios y se durmió. Durante todo el invierno, hasta en las noches del mayor frío, el joven tilo percibía en sus raíces el tenue calor del animalito dormido, su mansa respiración, similar al ligero palpitar de una última hoja otoñal. La eriza se despertó en abril, cuando en las ramas del tilo ya brotaban las primeras yemas. Se sacudió, estornudó cómicamente y abrió los ojitos-abalorios. Con trabajo, poquito a poco, salió de la madriguera. Miró con asombro el tilo y el enorme mundo que la rodeaba, mundo en el que nada había cambiado durante los seis meses de la separación. Algún tiempo después, la eriza parió cuatro cachorritos, rosados, cubiertos de blandas espinas. El sol calentaba cariñosamente, el aire estaba impregnado del olor a cerezas y albaricoques, y la nueva hierba, cual un manto de seda, ostentaba su color verde esmeralda. A la sombra del tilo, los cuatro rosados ericitos se alimentaban con la rica leche materna. Una y otra vez, la naturaleza volvía a triunfar, regalando al mundo la exuberancia de los colores y de la vida misma, que latía en cada brizna, en cada hojita, en cada bicho, e incluso la breve existencia de las mariposas de un solo día era pletórica de enorme sentido e inconmensurable alegría. Todo lo vivo glorificaba al Señor.

Muchos años después, cuando los cachorros ya habían crecido y, convertidos en jóvenes erizos, se dispersaron por los bosquecillos aledaños, y la madre eriza, decrépita y cegata, halló su muerte bajo las ruedas de un presuroso camión, llegó un día primaveral igualmente lleno de colores, en que el joven tilo percibió que el néctar que segregaban sus células se volvía más dulce, y tuvo una nueva sensación en sus ramas y hojas: estas, aunque ya abiertas, seguían creciendo y de ellas brotaban pétalos, finos como alas de libélula, de las futuras flores, diminutas pero fragantes. Fue así como el tilo entró en la madurez, al igual que los seres humanos: al final de la segunda década de su vida terrenal. Era un árbol fuerte y frondoso, pletórico de vida y de irracional alegría, que la breve etapa juvenil regala a todos los seres vivos en el planeta.

Y entonces empezó la guerra.

A los alegres y multicolores automóviles que corrían por la autopista se les añadieron pesados camiones cargados con todo tipo de pertrechos, cada día más carros blindados de la infantería que se desplazaban sobre orugas, y también tanques transportados en zorras. Todo esto pasaba velozmente delante del árbol, con estruendo de orugas y rugido de motores, lanzando a la orilla de la autopista nieve derretida, fragmentos de asfalto y espesas nubes de aceite quemado.

Seguían caravanas de personas. En camiones con techo de lona de color verde oliva. En autobuses con ventanillas de cristales oscurecidos. Algunos iban a pie, por la orilla de esa misma autopista, pasando por delante de un desnudo sauce que aún no se había despertado del sueño invernal. Todos se dirigían al occidente, donde casi junto a la línea de horizonte, encima de una gran ciudad, se elevaban espesas y negras humaredas. En dirección contraria, hacia el oriente, corrían sin la alegre despreocupación de antaño aquellos mismos automóviles multicolores, cargados hasta el techo con todo tipo de enseres domésticos: cajas, bultos, envases de plástico y, desde luego, seres humanos con sus vástagos y mascotas. Casi cada automóvil llevaba en un lugar bien visible algún trozo de tela blanca y un escrito, con plumón sobre cartulina o con cinta de pegar directamente sobre el cristal, que decía: “Niños” o “Personas”.

El árbol se despertó a causa de espantosos, satánicos aullidos que procedían de una cercana pradera, distanciada a tan solo unos centenares de metros. Un terrible monstruo, nunca antes visto, lanzaba al brumoso cielo, una tras otra, ráfagas de fuego, hedores a pólvora y gases calientes. Se callaba por unos minutos y empezaba a aullar de nuevo. Oleadas de tremendo calor llegaban hasta el tilo y derretían la última nieve de marzo que aún permanecía sobre sus ramas, causando quemaduras en su corteza y espanto en todo su ser, habituado desde el nacimiento a primaveras muy diferentes, llenas de paz y belleza natural. Primaveras que dan origen a una nueva vida y esperanza de que esta sea eterna.

Ahora, la ciudad ardía por los cuatro costados. Ora en un extremo, ora en otro, saltaban enormes llamaradas de color anaranjado, truenos ensordecedores partían en dos el cielo y abrían paso a negras humaredas que, cual espantosos torrentes, se elevaban hacia las alturas. Incluso aquí, a unos cuantos kilómetros de distancia, se percibía su acre hedor. Olía a pólvora quemada, a plástico derretido, a carne incinerada… Parecía que el mismísimo infierno se había precipitado sobre la tierra y la había devorado.

Poco tiempo después, cuando las yemas en las ramas del tilo ya estaban a punto de abrirse, llegaron al bosquecillo unos soldados y, sin apuros, se pusieron a cavar la tierra hasta abrir en ella zigzagueantes trincheras de casi dos metros de profundidad. Otros llenaban sacos de plástico, normalmente destinados a abonos, con arena sacada de una cercana cantera, los encaramaban uno encima de otro, hasta formar un parapeto y, cuando se les acabaron los sacos, llenaron de tierra cajas vacías de municiones, que entonces ya estaban tiradas por doquier.

Al anochecer, un alto y corpulento hombretón de barba rojiza, que llevaba en las manos una sierra de gasolina, se acercó al tilo, le dio unas palmaditas en el tronco y alzó la mirada hacia la copa, donde ya habían brotado las primeras hojitas. Encendió un pitillo de tabaco fuerte, pero se abstuvo de pulsar el botón de arranque de la sierra. Se quedó allí parado, durante un rato, mirando cómo el sol primaveral se abría paso entre las ramas, a través de la fragancia del naciente follaje. Al árbol se le antojó que era el chico pecoso de antaño, quien hacía dos décadas lo había plantado aquí, junto al bordillo de la autopista y ahora, al regresar por mera casualidad, recordaba su propia infancia y aquel diminuto tilo al que él mismo había dado la oportunidad de convertirse en un fuerte y frondoso árbol adulto. Tan adulto como lo era él mismo ahora. Casi con desesperación, escupió la colilla y se encaminó a pasos lentos, con su sierra, al vecino bosquecillo; unos minutos después, allí resonaron chirridos metálicos y crujidos de los árboles que morían. Sus troncos, aún rezumantes de savia, sirvieron para construir un blindaje con paredes de triple grosor y techo metálico cubierto de tierra.

A la mañana siguiente, el mundo pareció explotar a causa de vehementes disparos de lanzaminas. Tiraban con varias piezas, todas a la vez. Fuego denso y bien coordinado, ora aquí ora allí, llenaba el aire con el ensordecedor silbido de veloces proyectiles; trozos de tierra negra y plasma de candente trinitrotolueno saltaban hacia el cielo, y un huracán de metralla barría con todo en torno suyo. Uno de ellos, pequeño, no mayor que un dedo meñique, impactó en el tronco del tilo. Con sus bordes desiguales y filosos, desgarró la corteza, atravesó el cambium y la albura, penetró en el denso duramen y allí se detuvo. Durante mucho tiempo le causó ardor y añadió a la savia un amargo y, a la vez, agrio regusto a óxido. Al sentirse herido, el árbol se estremeció. Su poderoso cuerpo se sacudió, rechinó de dolor, las ramas, cubiertas de hojitas recién nacidas, temblaron. De inmediato, todo su ser se inmovilizó, en espera de una nueva herida. ¿Qué podía hacer? Desde luego, le era imposible huir de los fragmentos o esconderse en el blindaje, como hacían los soldados. Solo podía estar allí de pie, y desplomarse cuando la muerte lo derribara.

Los soldados, mientras tanto, se escondían en las trincheras y en los blindajes en espera del momento en que el denso fuego de lanzaminas amainara, que al adversario se le acabaran las municiones y los combatientes de ambos bandos tuvieran un respiro, para persignarse, encender un pitillo, cerrarles los ojos a los muertos y vendar a los heridos. Como el tiempo era primaveral, las paredes de las trincheras rezumaban humedad y, en el fondo, la nieve derretida, el agua, la tierra apisonada y la orina formaban una viscosa mezcla que apestaba a amoníaco. Los soldados hicieron todo lo posible para no dejar allí a sus camaradas heridos por la metralla. Los agarraban por los tirantes de los chalecos protectores y los halaban hacia los blindajes, donde no había tanto frío y humedad. Les inyectaban en los muslos ketorolaco, de efecto no inmediato y poco duradero. Desgarraban ropa ensangrentada para improvisar vendas. Hubo dos muertos: un chico rubio de ojos azules, que había recibido un impacto directo en el cráneo, y un sargento fortachón decapitado; ambos se habían quedado en medio del apestoso charco negro en el fondo de la trinchera. Por lo pronto, los soldados los cubrieron con una lona.

Al fin, se hizo el silencio, solo se escuchaba el zumbido de esas asombrosas máquinas, invento de las guerras de nuestros días, que desde el cielo lo inspeccionan todo con sus ojos de vidrio y comunican al adversario tus coordenadas, tus bajas y, si es preciso, el número de combatientes que te quedan. Esos pajarracos, ensamblados en fábricas chinas, mientras se acercan, no se pueden detectar ni, menos aún, impactar, desde la tierra. El soldado es para ellos como un insecto en la palma de la mano, desnudo e indefenso. Solo puede mirar la asombrosa máquina de cuatro hélices de plástico, pero es impotente ante ella. La mira y le mienta la madre.

El adversario, mientras tanto, corrige los datos de la puntería óptica y, en espera de municiones que vienen en cajas de madera, fuma, hace chistes, bebe té o, incluso, café de un termo, sin saber que sus coordinadas han sido transmitidas a la batería artillera más cercana y, en efecto, allá en la lejanía unos obuses de largo alcance ya desgarran el silencio con sus truenos, vomitando fuego y muerte.

Dos obuses calibre ciento veintidós, en apenas dos minutos, hicieron impactar directamente en el borde del bosquecillo veinticuatro proyectiles de fragmentación que eliminaron cuatro piezas de artillería con sus servidores. Solo quedaron vivos dos jóvenes soldados. Contusionados, sangrando por la nariz y los oídos, corren como dementes por el campo y gritan: “¡Mamá!” Allá, a lo lejos, los corazones de las madres perciben la voz de sus hijos, cual si unos aguijones de acero los perforaran de repente y, una vez amainado el dolor, las mujeres se quedan como aleladas, intuyendo que algo terrible, incomprensible y fatal amenaza a sus hijos. Dirigen al Señor Jesucristo sus oraciones maternales, capaces, como se sabe, no solo de salvar a los hijos de un fuego de artillería, sino hasta de sacar náufragos desde el fondo del mar.

Sin embargo, no todas las oraciones llegan a los oídos del Salvador: será porque el pueblo no tiene suficiente fe o tal vez porque cada nueva hecatombe hace estragos en la conciencia del pueblo, la priva de ilusiones y esperanzas. Entre planchas de acero mezcladas con la negra tierra, entre retorcidos pedazos de tubos metálicos yacen cuerpos destrozados de chicos muy jóvenes, bien formados, de músculos fuertes y sangre vigorosa, sangre que ahora, en plena mañana primaveral, los abandona, se les escapa, penetra en el rico suelo ucraniano. Algunos hunden el rostro en esta tierra, otros, boca arriba, dirigen la vidriosa mirada de los ojos que han dejado de parpadear hacia el cielo donde, a poca altura, pasan volando ligeras nubes, traspasadas por tenues vetas de una luz celestial que se extiende hasta el horizonte. Débiles destellos de esta luz se reflejan en los ojos ya carentes de vida. Un tímido vientecillo, en que se mezclan el olor a tierra húmeda, el frío de la última nieve y el frescor de la hierba y las hojas recién nacidas, roza amorosamente, casi con mano femenina, virginal, los rostros que se vuelven cada vez más gélidos, de facciones más pronunciadas, severas y pálidas.

Una mariposa de trepidantes alas atigradas se posó en uno de ellos, de apenas perceptibles características asiáticas, manifiestas en altos pómulos y ojos algo oblicuos que ahora miraban con asombro el infinito cielo que rodeaba el negro abismo de su último grito en esta tierra. En la danza primaveral de la mariposa sobre el rostro inanimado había algo sacrílego, impío. La vida misma en tan cercana vecindad con la muerte parecía fuera de lugar, incluso extraña, en esta conjunción de las bases vitales de todo ser, desde la mariposa hasta el hombre, comprensible al parecer solo a su Creador.

El tilo recibió su primera mutilación al final de la mañana, cuando un fragmento de metralla, del tamaño de una mano, caliente y afilado como una navaja, le cercenó una de las ramas inferiores. Fue una amputación tan rápida, tan perfecta, que se pudiera pensar que no fue obra de la artillería, sino de un guardabosque cuidadoso y experimentado. Ni siquiera sintió dolor. Solo un chorrito de savia brotó de la herida y un ligero temblor sacudió el recién nacido follaje de las ramas vecinas, mientras la amputada caía junto a la raíces. Durante cierto tiempo, muy breve, permaneció con vida, porque la humedad que aún conservaba en su interior alimentaba las hojas y las yemas. Luego, al agotarse aquella reserva, se marchitó y murió.

Los intrépidos jefes militares apenas necesitaron unas cuantas horas para reemplazar las piezas de artillería destrozadas con otras nuevas, sin estrenar, y para recibir refuerzos de tropas de infantería y vehículos de guerra con vistas al inminente asalto que acabaría con la resistencia enemiga.

El bosquecillo se estremeció de nuevo. Volvieron a saltar trozos de tierra negra. Los disparos procedían ahora de todas partes. A causa del hollín de la pólvora quemada, tierra reventada, polvo, ceniza, fuego y plasma candente, parecía de nuevo que el infierno se adueñaba de la tierra para acabar no solo con todo cuanto Dios había creado, sino también con todo cuanto aún estaba por crear. En su desmesurado orgullo, ansiaba incinerar con las llamas infernales hasta el propio Nombre del Señor y la fe en la salvación y el perdón; la fe en que tales hechos, cuando un hermano ataca a otro y los hombres se matan entre sí, como para destruir todo el género humano, no podían suceder por Su voluntad. Porque, a todas luces, Él, cuyo nombre es Amor y Humanismo, ¡jamás lo hubiera permitido!

Ahora, el árbol recibía impactos de un denso e ininterrumpido fuego de lanzaminas, cañones y ametralladoras de gran calibre. Sentía el fuego que lo abrasaba y las ondas expansivas que lo sacudían. A pesar de todo, seguía de pie y, orgulloso, presentaba su fuerte y erguido tronco al huracán de metal al rojo vivo. Otro tilo, algo apartado, desde hacía tiempo yacía destrozado, desarraigado por una explosión, con las negras y retorcidas raíces fuera, quebradas, fracturadas como si fueran huesos humanos, con líneas de roturas visibles y su calcinada corteza aún despedía llamaradas y tenía un amargo olor a humo. La muerte de un árbol, cuya vida suele ser mucho más larga que la humana, tanto que algunos tilos llegan a tener ochocientos años, no es solo antinatural, sino absurda. El árbol no es enemigo de nadie, no hace ningún daño, ni siquiera lo concibe. Y sin embargo, acá y acullá, mueren árboles por las manos del hombre sin que nada justifique esos asesinatos. Podrían explicarse todavía cuando se trata de obtener tablas para construir una caseta de baño rústico, o confeccionar un cajón, o algún barril destinado a pepinos en salmuera. Pero que los maten sin ton ni son, de paso, como si no fueran más que una insignificante basura… Como si su vida no tuviera ninguna importancia, como si diera lo mismo si han existido o no en nuestra tierra pecadora…

Ahora, el tilo perdía su dulce savia por sinnúmero de heridas, por incontables orificios en el tronco causados por fragmentos que lo perforaban no solo hacia lo profundo, llegando hasta el duramen, sino también, de modo oblicuo, desgarraban la corteza y rozaban el cambium. La savia goteaba de las ramas cercenadas que se amontonaban abajo, junto a las raíces y enjambres de enormes moscones, de los que se posan sobre cadáveres, venían atraídos por el dulce olor a néctar y lo sorbían con avidez, como si fuera la salada sangre humana, esa que ahora había en abundancia en la trinchera más cercana al blindaje.

El árbol, al que ya le faltaban tantísimas ramas, parecía un inmenso y oscuro tocón que sobresalía del negro suelo. Había perdido su original belleza, natural y perfecta, que el propio Dios le había otorgado al crearla para su jardín terrenal, convertido ahora en un purgatorio donde no había nada aparte de la asquerosa degeneración y la apoteosis universal de los sufrimientos.

Cuando el fuego cesó, ahogado en su propio ímpetu, un soldado pelirrojo se asomó de la trinchera y, como un escarabajo, se abrió paso lenta y dificultosamente entre montones de tierra. Estaba todo negro a causa del hollín y el polvo, con hematomas y arañazos que le cubrían el rostro, lleno de trazos de saliva y flema que se deslizaban hasta las láminas del chaleco protector dañado por fragmentos de metralla, con manchas parduzcas en el tejido de camuflaje que le cubría la ingle y, en la rodilla derecha, hecho jirones ensangrentados entre los que asomaba un huesito blanco, que parecía de azúcar. Arrastraba la pierna y avanzaba, apoyándose en la culata de plástico de su viejo fusil, de modelo soviético. La pierna fracturada del ser humano parecía una de esas ramas cercenadas: inútil y carente de vida. El soldado avanzó poco a poco hacia el árbol. Muy lentamente. Con dolor. Consciente de que eran sus últimos pasos en esta Tierra. Que eran sus últimas fuerzas, su último amor por la vida, tan injustamente breve. Que el fin estaba muy cerca.

En este su último recorrido cayó varias veces boca abajo, con el rostro hundido en la tierra negra. Gimió apenas audible, entre burbujas de viscosa saliva. Permanecía inmóvil un rato y se volvía a levantar, apoyándose en el fusil. Y la punta del blanco hueso fracturado rozaba la oscura tierra, arada por explosiones.

El árbol percibió de inmediato que el cuerpo humano, cuya espalda se recostaba en su tronco, estaba a punto de perecer. El soldado llevaba sobre sus hombros el peso de la muerte, que lo había acaballado, embrujado, y ahora esperaba pacientemente el momento de despedida. Que el humano dijera adiós a este cielo, semejante a un lienzo azul desteñido, a los deslumbrantes destellos del sol que se abrían camino entre el humo y el polvo, al tocón de tilo que poco a poco perdía su savia, a las moscas que zumbaban alrededor y se posaban a descansar sobre su rodilla, sus manos y su cara. Que dijera adiós a este bosquecillo verde, a los grajos con plumaje de luto que ahora se paseaban buscando alimento en los campos arados por la metralla. A la ciudad que ardía y humeaba en el horizonte. Que dijera adiós a todo, no solo a lo que le era querido, sino también a lo que odiaba, a lo que le era desagradable, indiferente o incluso invisible. A todo lo que constituía su vida, sus últimos instantes, últimos olores y sonidos, tan preciosos que se aspiraban y se sentían como un Don Divino. Como Su última gracia.

La sangre del soldado que manaba, ahora cada vez más lentamente, de una profunda herida en el cuello, se mezclaba con la savia del tilo, penetraba debajo de la camisa de camuflaje, y el árbol percibía ese acre sabor y tenía la sensación de que la sangre humana impregnaba todo su ser.

Poco tiempo después, el soldado moría. Su cabeza se inclinó hacia un hombro y los ojos se le pusieron en blanco. Expelió dificultosamente el último aire que aún le quedaba, como en un vano intento por hacer que le durara un poco más, y su alma se deslizó al gélido aire como una ligera nubecilla de blanco vapor. Se disolvió al instante, al mezclarse con el alegre vientecillo primaveral que se llevaba del campo de batalla decenas, centenares de almas de soldados iguales a ella.

A la mañana siguiente el frente se desplazó dos kilómetros, acercándose más hacia la ciudad que humeaba. La artillería abrió fuego de nuevo, los lanzaminas volvieron a rugir, pero sus voces eran cada vez más aisladas y menos atronadoras. Grupos de soldados enviados a recoger los restos colocaron todo cuanto pudieron reunir en bolsas de plástico negro que, más tarde, fueron enviadas a los familiares de los caídos. Se llevaron también al pelirrojo, alegrándose de no tener que armarlo por pedacitos: lo encontraron sentado con la espalda apoyada en el tronco del tilo, como si durmiera. ¡Qué suerte!

Un mes más tarde, cuando la guerra ya se había alejado aún más hacia el occidente, el soldado pelirrojo estaba enterrado y nadie, aparte de sus familiares, recordaba su nombre, en la única rama del tocón nacía una flor de tilo. Era tan fragante y dulce que enjambres de gordos abejorros y vivarachas abejas de los alrededores se aglomeraban, presurosas, y libaban el maravilloso néctar del tocón, que con cada una de sus tiernas y trepidantes hojitas y modestas florecillas entonaba un canto a este terrible y asombroso mundo.

22 de junio – 27 de julio de 2022



Hace unas semanas Dmitri estuvo en Severodonetsk, organizando corredores humanitarios para la población del este ucraniano.

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