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PARA ENTENDER MEJOR UN LIBRO

Actualizado: 3 dic 2023


TAIGÁ, EL PROTOTIPO DE BIANCA, UNA PERRA BLANCA QUE NUNCA PUDO ADAPTARSE A LOS RIGORES DE LA VIDA EN UN PUEBLO DEL LEJANO NORTE. FOTO DEL ARCHIVO PERSONAL

Escritor y periodista Dmitri Lijánov: “En los pueblos perdidos en la taiga se desbordan las pasiones shakespearianas”.

Érase una vez una perra, laika de pura raza, blanca como la nieve, con un nombre curioso: Bianca; un animal consentido y bien criado en un criadero de Moscú. Debería disfrutar de una vida cómoda y tranquila, acostada sobre un sofá suave y paseando por avenidas y parques citadinos, llenos de polvo y gente. Sin embargo, su dueño quiso para ella otra vida, una vida mejor a su juicio, y la envió a un pueblo remoto en el norte de Rusia, habitado por gente ruda en condiciones agrestes. Pues allí fue donde el destino de la pobre laika se tornó trágico.

El escritor y periodista Dmitri Lijánov, tras Iván Turgueniev con la inolvidable Mumú y Lev Tolstói, quien había eternizado al pobre caballo viejo, también estremece a sus lectores, les pone la piel de gallina, los hace soltar unas cuantas lágrimas…


Pregunta: Dmitri, ¿esta vez no lloramos por una historia de ficción? ¿Todo sucedió tal y como lo describe tu libro?

Respuesta: Toda esta historia se basa en los hechos reales. Ya llevo veinte años viajando al distrito Shenkursk, región de Arjánguelsk. Hay varios pueblos allí, ubicados a lo largo del río Padenga. Son lugares de reserva ambiental, alrededor solo hay bosques boreales, a 50 kilómetros de la autopista más cercana, a donde se llega por puro destapado.

Pregunta: ¿Cómo es que llegaste hasta allá?

Respuesta: Una vez me llevaron allá unos amigos cazadores. Y yo, que no fui cazador para nada en aquella época, de repente me encariñé con aquellos parajes y volví a esa región en el otoño del año siguiente. A partir de entonces comenzaron mis viajes al Padenga en temporadas de cacería de primavera y otoño.

Pregunta: ¿Ya tiene casa en aquel lugar seguramente?

Respuesta: No, no quise encartarme con bienes inmuebles, aunque antes, y tampoco ahora, la vivienda allá no es costosa. Llevo una vida nómada. Primero nos acomodamos con uno amigo pintor en una “izba” que él alquilaba. Después me trasladé a una chocita de verano que pertenecía al dueño de la “izba”, una casita muy sencilla que no tenía nada más que tres camas y una chimenea. Hace unos años discutimos por unas desavenencias políticas. Fue una pelea fuerte, al día siguiente llegó a verme con manos empapadas de sangre por haber cortado en presas unas aves y me anunció: “Si por mí fuera, ¡los fusilaría a todos!”. En seguida recogimos nuestras pertenencias y regresamos a Moscú. No era por tenerle miedo, por supuesto.

Pregunta: Los moscovitas llegan allá como de gira, mientras que los aborígenes sobreviven como pueden…

Respuesta: El campesino ruso vive convencido de que el trabajo es exclusivamente un esfuerzo físico para cultivar la tierra. Todo lo demás, es un pasatiempo. Aquel mismo dueño de la “izba” le dijo a mi amigo pintor: “¿Qué tanto hacen para cobrar dinero? Hasta yo sabría embadurnar”. Claro que el estado de las poblaciones rusas del norte es lamentable. Sus habitantes mayores se quedan allí para terminar sus días en la tierra natal, pero los jóvenes se llevan a sus hijos a donde puedan estudiar, a donde aún palpita la vida. A falta de estudiantes se cierran los colegios. No hay nada de trabajo, aparte del aserradero que pertenece a un ricachón local y en los comercios de los forasteros chechenos. Las mujeres se dedican a la recolección de bayas y setas que venden por centavos a los intermediarios; los hombres, a la cacería ilegal y tala de bosques. Todo ellos a escondidas. Sus hijos crecen y se van corriendo.

Pregunta: ¿Qué te atrae a ti con tanta fuerza? ¿La naturaleza vedada?

Respuesta: La naturaleza en aquella región es algo único, algo completamente salvaje. Pero los nativos la tratan como cerdos. Te pongo un ejemplo: los hombres del pueblo situado aguas arriba del río, por borrachos por lo visto, decidieron pescar. Colocaron redes y, unos kilómetros más arriba, vertieron varios barriles de cloro. Los peces, presa del pánico, se apresuraron nadando río abajo, directo a la red, y luego todos flotaron panza arriba. No logro entender cómo los pueblerinos pueden propinar un trato así a los lugares donde nacieron y viven, lugares que todavía los alimentan. ¿Qué es esto? ¿Indiferencia? Tal vez. Ha desaparecido lo más importante de la vida patriarcal rusa: el amor. El amor hacia los seres queridos, a su tierra, hacia los vecinos. Hacia ellos mismos. ¿Qué es la vida sin amor? Pura tacañería y miseria.

Pregunta: En una palabra, ¿adiós a la vida patriarcal?

Respuesta: No tengo ningún derecho a condenar a esta gente. Su destino es duro, su educación no es muy extensa y, por lo general, no leen libros. Es una pena que el clima espiritual y moral de nuestro país produzca gente privada de amor. Y cada año los hay más y más. Lamentablemente, éste no es sólo un problema ruso. La humanidad está degenerando rápidamente, convirtiéndose en una especie de apéndice tecnológico de un espacio cibernético inexistente. Quizás sólo las tribus salvajes del Amazonas conservan todavía la pureza moral. Lo cierto es que ya no queda nada de eso en nuestras regiones norteñas. Aunque la tecnología llega aquí, gracias a Dios, con muchos tropiezos. Para llamar a Moscú, debes encaramarse a un árbol con el celular. De lo contrario no hay señal. Pero cuando la señal llegue, será el fin de nuestra aldea. Definitivamente.

Pregunta: ¿Qué te asombra allí?

Respuesta: A veces escucho historias que los habitantes locales cuentan con una sonrisa o una mueca de burla, y siento que se me ponen los pelos de punta. Al mismo tiempo, comprendes que todo realmente sucedió, que esto no es una película. En los primeros años, cuando comencé a ir allí, tenía la sensación de estar en algún lugar del Salvaje Oeste, en algún Texas del siglo XIX.

Pregunta: ¿Se cometen asesinatos?

Respuesta: En un territorio diminuto ocurren tragedias de Shakespeare y de la antigua Grecia. Un hombre le disparó a su compañero del pueblo con un arma solo porque miró a su esposa de mala manera. Hace dos años, el concubino de una paramédica local sintió celos de su pareja. Cuando esta regresó a casa después de atender a un paciente, la mató delante del niño, salió al huerto y se mató con la misma arma. El tercero se ahorcó. Un amigo ahogó al cuarto en el pantano. En resumen, en nuestras regiones del norte el asesinato está en pleno auge. Pensé por qué era así: por un lado, la crueldad, por el otro, esta ingenuidad infantil. ¿Quizás se deba a que la mayoría de la gente no es creyente? Allí ni siquiera hay iglesias, hay una capilla restaurada. El padre la consagró una vez, pero rara vez la visita, porque vive a 70 kilómetros de esa capilla. Incluso en Semana Santa los ciudadanos asisten a sus propios servicios. El padre viene dos veces al año, principalmente para bautizar a los niños... Pero no hay liturgias, ni confesiones, ni comuniones.

Pregunta: ¿Es un mundo perdido?

Respuesta: Casi de inmediato te olvidas de todo lo que suele preocupar a un habitante de la ciudad. Se me ocurrió aquí si empieza la guerra nuclear o se da un golpe de estado, no se enterarán pronto, no se sorprenderán mucho y seguro que no cambiarán su forma de vida. Les importa un comino todo este alboroto capitalino, estas pasiones nuestras en Moscú. No le tienen miedo a nadie. No se dejan mandar por nadie. Ven televisión, beben vodka y se ríen de nosotros, los tontos.

Pregunta: ¿Allí te encontraste con Bianca que te inspiró para escribir una novela?

Respuesta: Sí, hace unos años trajeron allí desde Moscú un maravilloso perro de pura raza, una laika (husky), de estas que nunca se han visto por esos lares. El propietario anterior pensaba que en un pueblo, en libertad, estaría mejor que en la ciudad. Cada vez que llegaba allí, la veía y le daba de comer. Su nombre era Taiga. Quedó embarazada de un perro local y dio a luz a unos desafortunados cachorros, que habían heredado poco de la raza de su madre. Durante la cosecha de heno, una cortadora le cortó las patas traseras y caminó mutilada durante mucho tiempo por el patio, moviéndose sobre sus tocones. Y entonces el dueño la mató de un disparo. La historia me llegó al corazón. Pensé que Bianca había nacido para una vida completamente diferente, pero terminó en un mundo diferente. Y este mundo, completamente ajeno a ella, simplemente destruyó tanto a su raza como a la perra misma. Es lo que le sucede a la gente a veces.

Pregunta: ¿Escribiste el libro de un solo tirón?

Respuesta: No, empecé a escribirla hace mucho. Después la abandoné y la novela permaneció desatendida durante mucho tiempo. En septiembre pasado, mi amigo y yo nos marchamos de cacería, pero hacía tanto calor que no había nada que hacer en el bosque, por eso retomé la novela y al regresar a Moscú, la terminé en unos dos o tres meses. Normalmente escribo tan lentamente como un caracol, Nabókov hizo una vez esta comparación, pero cuando la leí, me pareció que estaba bien hecha.

Pregunta: Todo el que ha leído la novela resalta el maravilloso lenguaje ruso, vivaz, imaginativo, expresivo... Similar al de Turguéniev.

Respuesta: En cuanto al lenguaje, procuro escribir de modo que sea visible, “con sabor” en pleno sentido de la palabra. Hay un ejemplo clásico: cuando escribes la palabra “limón”, el lector debe sentir el sabor ácido en la boca. Desde luego, en el texto aparecen palabras del hablado norteño. A propósito, un cazador de por allí hace unos años compuso el diccionario de hablados locales que edité con mis recursos para su cumpleaños. Utilizaba ese diccionario mientras escribía la novela y estoy muy agradecido con él. Posiblemente, la visibilidad lingüística, junto con el vocabulario norteño, causen este efecto.

Pregunta: Uno de los reseñadores del libro, Andréi Konchalovsky, hizo resaltar este “sabor” de la novela…

Respuesta: Cuando ya tenía escrita la novela, surgió la pregunta: quién de los famosos haría una reseña. Me dieron el número de teléfono de Konchalovsky, a quien no conocía. Llamé: “Andréi Serguéevich, no me conoce, aun así, ¿puede leer un texto?”. Me respondió que en ese momento estaba montando una obra de teatro en Nápoles y que estaba muy ocupado. ¿Quizás podría ver un fragmento? -le pregunté-. ¿Cómo podría juzgar un texto por un fragmento? Envíeme su manuscrito -respondió. Se lo envié y esperé unos dos meses. Llamé de vez en cuando. Dijo que empezaba a leerlo y luego me envió una reseña que me agradó y sorprendió gratamente. Comienza con las palabras: “Esta novela no debe leerse. Hay que saborearla”.

Pregunta: ¿Puedes nombrar a los escritores que fueron tus faros literarios?

Respuesta: Sabes que mi padre es uno de los clásicos de la literatura juvenil soviética. Pero esta literatura ya se quedó para mí en la niñez. Entonces mis maestros de literatura, además de mi padre, fueron escritores cuya obra estaba más cerca de mi alma. Conocí personalmente a algunos de ellos. El primero en esta lista es el gran Gabriel García Márquez, a quien leí por primera vez a finales de los años setenta y luego, en 1985, cuando lo conocí en Moscú. Hablamos durante mucho tiempo y admití que admiraba su estilo, especialmente en el original, y las imágenes que creaba con sus fantasías. Mi segundo maestro es Víktor Petróvich Astáfiev. Venía de visita a menudo a la casa de mis padres, se quedaba a pernoctar, tomaba unas cuantas copas; fue a él a quien envié mi primera novela corta a finales de los años 70. La leyó y me envió una carta detallada que tenía estas líneas: “Me alegra que quieras aproximarte a la literatura, pero debes trabajar más, escribir más, pensar más en lo que escribes”. No me aconsejó dedicarme a otra cosa.

Pregunta: ¿A quién más incluirías en esta lista?

Respuesta: A Bunin, por supuesto. Tuve una etapa cuando cada día acababa varios de sus relatos hasta que terminé la colección completa de sus obras. Hace poco mi esposa me contagió de pasión hacia Nabókov. Masha es una gran amante de la literatura clásica, más que yo, porque pudo con las obras que yo no tenía fuerzas de acabar, por ejemplo, “Ulises” de James Joyce o “Petersburgo” de Biely. Hace poco estuvimos en París y pasamos por Montreux, donde había vivido Nabókov. Nos mostraron su habitación en el hotel donde, como antes, se encuentra su escritorio con una mancha de tinta en la gaveta. Vivió dieciséis años en ese hotel, en una habitación del sexto piso. Ahora una noche en él cuesta mil francos suizos. Como me dijo una admiradora de su obra, “la nínfula le dio de comer durante mucho tiempo”, se refería a Lolita. Por supuesto, este libro le trajo la suma más gruesa, aunque fue absolutamente coyuntural, pues contaba con causar un escándalo en la sociedad europea y estadounidense. Después, mi esposa y yo fuimos a visitar la tumba del escritor, hicimos algunos arreglos, regamos unos arbustos, dejamos una canasta con flores amarillas.

Pregunta: Y Yulián Semiónov, ¿te influenció de alguna manera?

Respuesta: Tenía un recurso literario que uso muy raramente. Yo lo llamo “narración entre paréntesis”. Digamos, es así: “Un hombre se acercó al bar -y entonces comienza la narración. (No había estado en estos lugares durante cincuenta años. En todo ese tiempo, muchas cosas habían cambiado: la gente había envejecido, las casas se habían deteriorado, pero su corazón no dejó de sentir atracción por ellos todos estos años.) Y pidió una pinta de cerveza”. (Se ríe)

Pregunta: No es casualidad que te pregunte por Yulián". Tú y yo trabajamos en “Top Secret” que él creó en su época dorada. Te dedicabas al periodismo de investigación. ¿Cuál de ellas fue la mejor?

Respuesta: La más interesante fue, por supuesto, el atentado contra Solzhenitsyn por parte del KGB. Todo sucedió como por casualidad. Un hombre llegó a la redacción de "Top Secret" -se llamaba Borís Ivanov, un teniente coronel retirado del KGB-, con las palabras: "Les traigo mis memorias". ¿Cómo tratan los editores las memorias de los jubilados? Sin mucha inspiración. Y de repente empieza a contarme cómo en 1971 tomó parte en el intento de asesinato de Solzhenitsyn.

Pregunta: ¿Ya no te atrae el género del periodismo de investigación?

Respuesta: El periodismo es algo maravilloso, una excelente ayuda para la literatura. Todos los escritores alguna vez fueron periodistas. Me inspiran personas interesantes y disfruto escribir sobre ellas. Me encargaba de investigaciones cuando no era seguro, pero sí posible. Se descubrían archivos, la gente empezó a hablar sin temor por su libertad.


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