Nuestros autores II


Aleksandr Kuprín, siempre tan diferente, tan único

Pável Basinskij, escritor: “Nunca dejaremos de quererlo…”

Tomado de Rossíiskaya gazeta (RG.RU)

El pasado 7 de septiembre se cumplieron 150 años desde el nacimiento de Aleksandr Ivánovich Kuprín, un gran escritor ruso y estupendo maestro de la palabra, cuyo talento valoraban muy en alto tanto Bunin como Gorki, y hasta Lev Tolstói. Aún en vida, Kuprín se mereció un gran reconocimiento, sobre todo, después de que saliera su novela “El duelo”. Gracias a Dios, no lo olvidan en la Rusia de hoy; es uno de los clásicos de la prosa rusa más leído; sus obras con bastante frecuencia son llevadas al cine.


Su agitada vida da para escribir una novela, por eso conviene contarla en breve. Nació en una ciudad provinciana llamada Narovchat (actualmente la región de Penza), en el seno de la familia de un funcionario. Su madre, cuyo apellido de soltera era Kulunchakova, procedía de una familia de nobleza tártara, de ahí el físico un tanto “tártaro” de su retoño. Huérfano de padre desde muy pequeño, se graduó del Gimnasio Militar de Moscú e ingresó en la Escuela Militar Superior que terminó en el grado de subteniente.


Apenas unos cuantos años del servicio militar le aportaron un rico material para escribir “El duelo”. Algunos pensaron que esta novela manchó el honor del ejército ruso; no obstante, no es así. Simplemente contó la verdad sobre la vida cotidiana en un cuartel provinciano, que transcurre entre los juegos de cartas y juergas, sin que falten los “duelos”, los cuales -no se sabe con qué propósito- había permitido a finales de su gobierno el imperador Alejandro III. Vale la pena recordar que los duelos siempre estuvieron prohibidos en Rusia; en los tiempos de Pedro el Grande ahorcaban por haber participado en ellos: al vencedor, de cuello y al perdedor muerto, de pies.


Al retirarse del ejército, Kuprín se trasladó a Kíev, y como no tenía ninguna profesión que desempeñar en la vida civil, un buen tiempo rodó por el mundo, dedicado a toda clase de oficios. Se hizo conocer como escritor en 1901, se trasladó a San Petersburgo y comenzó a trabajar como secretario en “Revista para todos”. Así fue como conoció a Gorki y Bunin. Máximo Gorki le brindó un gran apoyo al novel escritor con la publicación de “El duelo” por la editorial “Znanie”, por eso la novela comienza con la dedicatoria al autor de “La madre” que posteriormente Kuprín retiró: los había distanciado la Revolución de 1917.


Los allegados de Kuprín le destacaban una excepcional capacidad de entenderse fácilmente con personas de toda índole: “con mineros, bañeros, artesanos, ladrones rateros, falsificadores de dinero, asaltantes de bancos, domadores de tigres y leones…”. Para crear “El burdel” mantuvo trato con prostitutas. Eso fue lo que le permitió poblar su mundo literario de personajes, tan distintos e interesantes. Raras veces se encuentra tal abundancia de “profesionales” en las obras de otros escritores de la época.

Además, este escritor poseía una vista aguda y olfato animal. Como decía él mismo (refiriéndose a un desafortunado colega suyo): “No puede ser buen novelista una persona miope, sorda, y por añadidura, aquejada por una congestión nasal crónica.”


Gracias a su olfato, no se olvidó nunca de apuntar los detalles como el olor a “tela tosca, queroseno y ratas” que flotaba entre los estantes de una galería comercial; a “masa agria, fenol y humedad” en un club social viejo; a “reseda” del agua marina durante el marejada; a “sandía y leche recién ordeñada” de las frescas jóvenes; a “caramelos” de la acacia blanca, mientras que la antesala del club de oficiales, antes de un baile, se impregnaba de “frío, perfume, polvos de maquillaje y guantes de cabritilla”, cuando se reunían allí las mujeres elegantes.


Kuprín acogió con entusiasmo la revolución de febrero y se adhirió a los socialista-revolucionarios; por el contrario, sintió un profundo rechazo hacia el “motín” de octubre y la política de “comunismo militar”. Se alistó al ejército blanco en Gátchina, como corresponsal de guerra. Después de la victoria del Ejército Rojo, emigró a París donde el destino le deparaba miseria y olvido.

Iván Bunin escribió en sus memorias: “Una vez lo encontré en una calle parisina y quedé muy sorprendido –no se parecía en nada a lo que había sido antes. Se arrastraba todo tan delgado, débil, una ráfaga de viento podría tumbarlo. Tardó en reconocerme, después me abrazó con tan conmovedora ternura, con mansedumbre tan triste que por poco me saltan lágrimas de los ojos.”

Era Kuprín, fortachón y deportista de antaño, quien fácilmente, con una sola mano, levantaba un sillón pesado de una pata.

Para qué ocultarlo: se hizo evidente su adicción al alcohol de muchos años que lo había acosado durante los años de emigrante.


En 1937, por decisión de las autoridades soviéticas, se le extendió la invitación de regresar a su país. Así cubrió esta noticia el periódico Pravda del 30 de junio:

“El 29 de mayo salió de París con destino a Moscú Aleksandr Kuprín, el famoso escritor ruso prerrevolucionario, autor de “Moloch, El duelo, El burdel” y otras novelas, quien está regresando a su país del exilio”.

Una noticia breve y sin emociones…

Llama la atención la palabra prerrevolucionario; se suponía que todo lo que escribió Kuprín después estaba condenado a ser olvidado. No solo eran sus artículos publicados para la guardia blanca, sino también su magnífica novela “Cadetes”, una especie de recapacitación por “El duelo”, lo mejor jamás escrito en la literatura rusa sobre jóvenes rusos, futuros oficiales. Fue el tributo de Kuprín a sus estudios en la Escuela Militar Superior.

A todas luces, era un retorno extraño. Kuprín no volvió a escribir nada en su país natal. Un año después murió del cáncer de esófago y fue enterrado en el cementerio Vólkovskoye, en San Petersburgo, al lado de la tumba de Iván Turgueniev.

Kuprín siempre es muy diferente. “Olesia” y “Sulamita”, “El duelo” y “Cadetes”, “El burdel” y “El capitán ayudante Rýbnikov”, y muchas obras más. Parece que las habían escrito autores diferentes. Sin embargo, tienen algo en común: la gran maestría de la palabra y el triunfo del realismo ruso, con toda su esplendorosa sabiduría y sencillez.




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