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Joseph Brodsky y el sentido del estilo

El 24 de mayo Joseph Brodsky habría cumplido 80 años. Murió a los 55, y sin embargo, en su corta vida había alcanzado la fama y el reconocimiento de gran poeta, soviético y norteamericano, uno de los más destacados; un “parásito social” exiliado se convirtió en profesor titular de literatura; una persona “non grata”, en el merecedor de homenajes póstumos; un hombre indiferente a la moda, en uno elegante de corbatas y trajes exclusivos. Este es el cuento de cómo vivió el poeta en su país natal y en el exterior, cómo se desarrollaban sus relaciones con el mundo material.

Ya hace casi un cuarto de siglo que no está entre los vivos y a pesar de ello, sigue siendo sorprendentemente actual, como si hasta ahora estuviera con nosotros: sólo falta que abra una página de FB y comience a publicar sus poemas viejos o tal vez, nuevos. En vista de su ausencia, los usuarios hablantes de ruso con mucho gusto cuelgan sus creaciones que comunican el persistente efecto de su presencia. Así, el verso No salgas de tu cuarto, / no incurras en error llegó a ser un tácito himno del confinamiento en el espacio post soviético. Unos lo postean sin cesar, otros tantos se burlan de los que lo postean, de modo que Brodsky aparece como una especie de un personaje más en este alarmante espectáculo que estalló a finales de marzo del 2020.


Todavía antes había circulado Romance del violinista: “Cuando no hay amor con nosotros, / cuando el frío te joroba, / saca la pistola de tu maleta / y llévala a una casa de empeños.” Se propagó por las redes sociales como un póster motivacional, aunque, después de leer el poema completo, ya no parecerá tan esperanzador. Con menos frecuencia recurren a algo menos popular, por ejemplo Carta a un amigo romano o Postscriptum (Qué triste que mi vida nunca fue para ti / lo que para la mía fue tu vida…).

Brodsky no es el único poeta muy recordado, cuyos versos, como dichos y refranes, aderezan el habla de contertulios intelectuales. No obstante, son suyos los poemas que entran en una emocionante resonancia con lo que sentimos hoy en día, en la época de mezclas culturales y cuestionamientos, cuando absolutamente todo puede –y debe– ser objeto de la ironía. Igual que lo hacemos ahora, Brodsky se entregaba a reflexiones y jugaba con sentidos; igual que nosotros, no sólo valoraba “lo trascendental” sino algo completamente terrenal. Obviamente, en su poesía lo terrenal se siente menos que lo celestial, y aun así, lo hay en abundancia: eleva su canto al gramófono, cigarrillos, teléfonos públicos y medias de mujeres. La escritora y traductora Ludmila Stern, amiga muy cercana de Brodsky desde los años mozos, recuerda en su libro “Poeta sin pedestal” que la llamó una vez a medianoche para preguntarle “cómo se llamaba el objeto de vestimenta femenina que era como un cinturón y servía como sostén y al mismo tiempo para abrochar las medias”. La respuesta que le dio Stern no era corsé, y Brodsky se apenó: “Lástima, tenía una rima bacana con esta palabra.”

Con todo y eso, describir sus relaciones con el mundo de las cosas no es tan fácil. No eran tan dramáticas como las de otros literatos del siglo XX. Brodsky no usaba sacos de colores chillones como Mayakovski ni se hacía chaquetas con pedazos de tela de distintos colores como Limónov. Su nombre no se nos asocia con un gigante vestido de rosa ni un excéntrico con barbita, sino con un hombre fatigado, con canas incipientes y gafas redondas, un abrigo o traje de tweed. Un intelectual, profesor universitario, premio Nobel, y con toda seguridad, no un “ícono de la moda” ni un “petimetre”, que es una palabra menos expresiva y aun así, difícilmente aplicable.


Brodsky sabía encantar y hacerse notar, o sea, era poseedor de un estilo propio, pero tomado éste en el sentido más amplio, y no sólo (y no tanto) tratándose de su manera de vestir, por el contrario, se despreocupaba por su apariencia. Muchos de sus amigos destacaban su maravilloso carisma, hasta su excentricidad que poseía desde muy joven. Muy pronto llegó a sobresalir entre los jóvenes literatos leningradenses de los años 60. Cuando tenía 23 años, conversando con un funcionario quien podría recomendarle para una expedición de exploración geológica y garantizar de esta manera algún salario, a la pregunta sobre qué le interesaba en la vida, el poeta respondió: “Lo que más me interesa en la vida es la esencia metafísica de la poesía…”. Al cabo de unos minutos que duró el apasionado monólogo, lo sacaron de la oficina, y al menos aquella vez, no le dieron puesto en la expedición.

La intransigencia de Brodsky no sólo atrajo la atención de los suyos sino también de los extraños, lo cual desembocó en 1964 en el famoso proceso judicial sobre el “parasitismo social” y al tiempo, ayudó a un “joven soviético acosado por el KGB” alcanzar el estrellato de escala mundial. El estenograma del juicio, el cual, por lo absurdo, fácilmente pasaría por una visión kafkiana, se coló en la prensa occidental, y hasta Jean-Paul Sartre en persona intercedió por él. Sin embargo, el “parásito social” no pudo evitar el destierro a la región de Arjánguelsk donde pasó un año y medio en vez de cinco años, como se suponía al principio –surtió su efecto la publicidad internacional. La foto de Brodsky, “obrero de oficios varios de la aldea Norenskaya”, tomada por uno de sus amigos que habían llegado a visitarlo, recorrió todo el mundo y además de marcar un jalón en su biografía, se convirtió en una imagen simbólica de la URSS: si los poetas occidentales usaban pañoletas y jeans, los nuestros, los chaquetones acolchados y botas con caña de lona.

Como lo confiesa él mismo, Brodsky regresó del destierro siendo un poeta hecho y derecho, y en opinión de sus colegas, uno de los literatos contemporáneos más prometedores. Lo publicaban en el exterior, invitaban a universidades europeas, entrevistaban investigadores de culturas eslavas. Aún no le permitían salir del país, pero poco a poco iba haciéndose ciudadano del mundo y patrimonio de la humanidad.

En 1972 abandonó definitiva e irrevocablemente su país; se fue con una maleta en que guardaba una máquina de escribir, una colección de poemas de John Donne y dos botellas de vodka, un regalo para el poeta americano Wisten Oden, a quien Joseph veneraba y con quien finalmente tuvo la oportunidad de encontrarse.

Estados Unidos acogió a Brodsky con cordialidad y sin decepciones para ninguna de las dos partes. Al principio, el poeta estuvo enseñando en la Universidad de Michigan, después en las de Columbia y de Nueva York. Durante este período escribió muchos poemas y ensayos que fueron publicados; se hizo amigo de Mijaíl Barýshnikov, el editor Carl Proffer y el pintor Alexander Liberman, director artístico de Vogue, así pues Brodsky no sólo pudo publicar en esta revista sus textos sino que también posó para fotos: en la imagen tomada por Irvin Penn, el poeta aparece de perfil y con un gorro de piel natural, una especie de reverencia a su “rusismo” del que Brodsky se preciaba a pesar de haberse nacionalizado unos años después de su llegada a Norteamérica. Por algo colgó en su oficina en la Universidad de Michigan un letrero escrito a mano con letras grandes que decía: “Russians are here!”.




Así lo conocemos hoy, un profesor universitario, con canas y mirada triste.


Brodsky en la entrega del Premio Nobel, vestido de frac y corbatín blanco.


Cuentan los amigos del poeta que él sentía gran afición por las corbatas: las usaba hasta en las veladas informales. Y siempre las tenía mal anudadas, corridas hacia un lado. Se veía impecable sólo en la entrega del Premio Nobel, en 1987. Lo recibió vestido de frac y corbatín blanco, tal y como lo manda el reglamento, pero al día siguiente pronunció su famoso discurso ya con una corbata a rayas la cual, como se supo, había pertenecido a otro laureado, Borís Pasternak. Esta reliquia, por lo visto de buena suerte, se la envió a Brodsky Evgeny Rein quien a su vez, la recibió como regalo de la nuera del autor de “Doctor Zhivago”. Éste la llevaba cuando fue a la Embajada de Suecia donde le anunciaron que era nominado. Pasternak nunca llegó a la entrega, pero gracias a Brodsky, se cerró el círculo de la historia: la corbata sí viajó a Estocolmo.

Sin embargo, no estaba escrito que se cerrara el círculo de la vida del poeta mismo: nunca volvió a su país. Su destino era típico de un “ciudadano del mundo”, de los que hay muchos en la actualidad, mientras que en aquella época eran pocos. Nació en la URSS, emigró a Estados Unidos, vivió entre Estados Unidos, Suecia e Italia, fue enterrado en Venecia, ciudad que adoraba. Los admiradores del poeta llevan a su tumba flores, libros de poemas, paquetes de Camel y botellas de whisky. Fumó mucho y tomó buen alcohol hasta el final de sus días.



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