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RESEÑAS


El odio: crónicas de la rusofobia, Nikolái Stárikov

La rusofobia no es un mito, es un hecho y una estrategia fabricada a conciencia por una serie de países influyentes y con un fin específico. Tanto se ha proliferado por todo el mundo que algunos politólogos distinguen sus dos modalidades: la histórica, nacida de un trauma causado por las acciones del estado ruso, por ejemplo, una derrota militar (Polonia, Turquía, los países del Báltico), que puso en entredicho su condición de estado independiente, y la rusofobia geopolítica como un instrumento musical afinado y usado en el marco de la confrontación global, impuesta desde arriba y propagada por el cuarto poder, por ignorancia o por encargo, lo cual, a fin de cuentas, da lo mismo. Valga la aclaración que no es desamor, o sea la ausencia de amor, que más bien se asocia con el estado de sosiego y equilibrio. No, todo lo contrario: las emociones llegan a su extremo, rebasan la copa, son devoradores que empujan hacia decisiones erradas. No, no es desamor, es odio.

El libro del historiador y economista Nikolái Stárikov, autor de Rusia, Crimea, Historia que publicó en formato de eBook nuestra editorial, recopila un inmenso corpus de hechos históricos y argumentos que confirman lo anterior y son difíciles de refutar: Les faits parlent d'eux mêmes – Los hechos hablan por sí mismos. Tomemos sólo algunos de ellos, su mínima parte, en especial aquellos que se prestan a ser traídos a colación estos días, en vísperas del Día de la Victoria, una fiesta de particular importancia en toda Rusia y las comunidades rusas en el exterior.

Durante los últimos tres siglos, cada cien años, el Occidente consolidado ha reunido sus fuerzas, escogido una “bandera” y emprendido la marcha hacia el este. Lo que ocurre después es su derrota militar, y siguiendo la pista de los “conquistadores malaventurados”, los rusos llegan a Europa. Así fue en el s. XVIII, cuando la misión de desmembrar a Rusia le correspondió a Suecia; en el s. XIX empuñó la espada Napoleón Bonaparte, y en el s. XX, Hitler. En todos estos casos Occidente encubría sus intenciones con ideas de “campañas libertadoras”, bajo el estandarte de “defensores de Europa de los salvajes rusos”. Pues los rusos se veían obligados a defenderse y después a perseguir al adversario hasta su total rendición. Para acabar con la agresión proveniente del oeste, tenían que llegar a su punto de partida. La guerra contra Suecia terminó cuando el ejército ruso apareció en las afueras de Estocolmo; los franceses se apaciguaron después de la entrada de los rusos a París, y la ideología nazi quedó enterrada bajo los escombros de La Cancillería del Reich en Berlín.

Sin embargo, hay un punto más que resaltar: lo que Napoleón ordenó hacer en Rusia no era nada común para él. No se comportaba igual en Europa del Oeste. Es más, sus órdenes anticiparon las de Hitler: retirándose del territorio de la URSS, los nazis alemanes destruían ciudades y quemaban aldeas, todo ello acorde a su táctica de “tierra arrasada”.

Por mucho que procuren justificar sus acciones los historiadores europeos, el trato que los invasores propinaban a los prisioneros de guerra rusos era bien distinto del que dispensaban a los “suyos”, a sus adversarios europeos. Los suecos nunca ejecutaban a miles de prisioneros de otros países, los franceses no saqueaban las capitales tomadas –se limitaban a imponer a los gobernantes vencidos “contribuciones civilizadas”. Igualmente, durante la Segunda Guerra Mundial los militares y la población civil rusa fueron objeto del genocidio y exterminio por inanición, torturas y ejecuciones masivas, mientras que los presos franceses, ingleses y norteamericanos vivían en condiciones bastante soportables y hasta recibían ayuda humanitaria de la Cruz Roja.

Como vemos, de tiempo atrás los europeos vienen demostrando una actitud intolerante y el deseo de exterminar a Rusia, llevando este deseo hasta sus últimas consecuencias, algo que ha sido contrarrestado y repelido a costa de incalculables sacrificios, ríos de sangre derramada, millones de vidas. Aun así, no se calman, continúan con su presión por todos lados, emprenden cada vez nuevos intentos de debilitar a Rusia, hacerla desaparecer. Durante siglos y siglos han venido en oleadas de Occidente con el deseo de apoderarse de su territorio, exterminar a la nación o asimilarla forzosamente, oleadas levantadas por el odio que explica una gran parte de acciones irracionales.

El odio existió durante el Imperio Ruso, “gendarme y estrangulador de la revolución en Europa”. No dejó de existir sino más bien se afianzó después de la Revolución de Octubre. Llegó a Rusia la democracia, allí mismo se hizo sentir el mismo odio y animadversión. El país llamado Unión Soviética ya no existe, mas no ha cambiado nada ni ha llegado la Edad de Oro de la Humanidad.

Entonces, ¿en qué momento y por qué nació el odio? Rusia siempre ha sido un estorbo. Tal parece que esta es la razón que subyace al enigmático rechazo de este país. Sus intenciones de menguar la tensión y reducir la confrontación con Occidente, sólo conduce a un nuevo viraje de esta confrontación en amenazantes cercanías de los centros de vital importancia para el país.

Y no se trata sólo de sucesos remotos: el día de hoy Rusia es culpable de lo que está ocurriendo en el presente y, por extraño que parezca, de lo que pueda ocurrir en el futuro.

Son exclusivamente los deportistas rusos los que consumen doping, los demás simplemente caen enfermos y el Comité Olímpico Internacional les permite usar medicamentos más parecidos a substancias estimulantes. Son los temibles hackers virtuales los que pueden alterar los procesos electorales en los países del oeste. Es Rusia la culpable de atentados terroristas en Europa y del uso de un “arma química” con un extraño nombre Novichok.

Los medios de comunicación occidentales, considerados independientes, se van por las ramas, refuerzan la parte emotiva y de ninguna manera intentan reconstruir una cadena lógica de lo ocurrido –así es la estrategia de la guerra informativa.

Pero lo más indignante de esta guerra es la distorsión de la historia que es sagrada en Rusia, la de la Gran Guerra Patria (1941–1945), de la derrota del fascismo en Europa y el aporte que hicieron los aliados a la gran Victoria. De eso se trata en el capítulo 5 del libro: Los crímenes de los nazis, o cómo pretenden igualar a la víctima con el victimario.

Nunca nadie causó tantas desgracias y dolor a Rusia como Adolfo Hitler y sus tropas. Lo que hicieron los nazis en Rusia no se puede explicar por la pretensión de ganar la guerra. El motivo de tantos crímenes de lesa humanidad no pudo ser otra cosa que el odio. No era el odio hacia la ideología ni hacia el comunismo; era el odio hacia Rusia como nación y país. Pero cuando los crímenes se atribuyen únicamente a los alemanes, hay ciertas inconsistencias con la realidad: los cometían el ejército alemán y las tropas de la SS que aparte de los alemanes, integraban los europeos de “toda laya y pelaje”. Leyendo los documentos sobre las fechorías de los invasores, cualquiera quedaría asombrado por el grado de la barbarie de los representantes de la Europa civilizada. Es que en el Frente Oriental contra Rusia peleaban, además de la Alemania nazi, los países: Finlandia, Italia, España (la famosa División Azul), Hungría, Rumania (particularmente cruel, según los testimonios documentales), Croacia, algunas divisiones de Bulgaria y Eslovaquia. Ahora prefieren no hablar de este hecho bochornoso, pero muchos franceses de muy buena gana se ofrecían a servir a Hitler, y con autorización del Gobierno de Vichy, el régimen francés colaboracionista con la Alemania nazi, formaban divisiones de voluntarios con el fin de ir a pelear contra Rusia, así de fea era la mueca de la historia: en la etapa final del Tercer Reich iban a defender una “causa perdida e injusta” los letones, franceses, belgas, etc., aunque sin duda alguna se debe hacer justicia a los pilotos de Normandie-Niemen y a los maquis de la resistencia francesa. Desde antes de desatar la guerra, los hitlerianos planeaban el genocidio, el saqueo de valores naturales y culturales, destrucción de poblaciones junto con sus habitantes, la barbarie que efectivamente tuvo lugar adonde fuera que llegaran las tropas negras de nazistas. Su política sistemática era el exterminio bestial de la población civil en el territorio de la URSS cuyas víctimas en total sumaban 12 millones de personas (El número total de pérdidas humanas es de 27 millones, aunque N.S. discrepa con esta cifra).

Queda por aclarar una cuestión: ¿cómo es posible que hoy en día muchos países pretenden volver a escribir la historia y ocultar lo que hicieron los hitlerianos en la URSS? Es el resultado de la guerra informativa que tiene su propia lógica y estrategia, cuyo meollo es el odio: siempre va de la mano con la mentira, y junto con omisiones de información, información exclusivamente negativa sobre un país o una nación y abierta desinformación, andan de parranda para crear otra realidad, la posverdad sobre el pasado que nunca debe ser olvidado para que no se repita.

Y para finalizar, algo que no dice el autor pero cabe mencionar aquí porque viene a cuento, un pequeño detalle que siempre se pasa por encima en los libros de historia: la estatalidad, o el sistema estatal, llegó a muchos países de manos de los rusos; antes de las fechas indicadas nunca habían existido como estados independientes: Finlandia, en 1802 y 1918; Letonia, en 1918; Estonia, en 1918; Lituania, en 1918; Polonia, en 1918 y en 1944; el nacimiento de Rumania y Serbia fue uno de los resultados de la Guerra ruso-turca que obtuvieron la soberanía entre 1877-1878, igual que Bulgaria, la que en señal de “agradecimiento”, participó en las dos guerras mundiales como parte de las coaliciones antirrusas, y actualmente es miembro de la OTAN, con bases militares estadounidenses, emplazadas en su territorio; Mongolia; más las antiguas repúblicas soviéticas que se formaron como países independientes dentro de la Unión Soviética: Moldavia, Azerbaiyán, Armenia (se conservó físicamente y renació dentro de la URSS), Georgia, Turkmenia, Kirguistán, Kazajistán, y finalmente, Bielorrusia y Ucrania.

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