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Otro cuento de Aleksandr Kuprín


Iu-iu

TRADUCCIÓN: Alejandro Ariel González ®


Julio de 2020



Si vas a escuchar, Nika, escucha con atención. Esa es la condición. Deja en paz el mantel, niñita, y no enredes los flecos en tus trenzas…

Se llamaba Iu-iu. No en honor de algún mandarín chino llamado Iu-iu ni en memoria de los cigarrillos Iu-iu, sino porque sí. Al verla por primera vez de cachorrita, un joven de tres años desencajó los ojos del asombro, puso los labios como un tubito y dijo: «Iu-iu». Como si silbara. Y desde ahí le quedó Iu-iu.

Al principio no era más que una bolita peluda con dos ojos alegres y una naricita rosada. Esa bolita dormitaba en el alféizar, al sol; tomaba a lengüetadas, con el ceño fruncido y ronroneando, leche de un platito; atrapaba con la patita moscas en la ventana; rodaba por el suelo mientras jugaba con un papelito, con un ovillito, con su propia cola… Y ni siquiera nosotros recordamos cuándo, de pronto, en lugar de esa bolita negra, colorada y blanca vimos una gata grande, esbelta, orgullosa, toda una beldad y objeto de envidia de los aficionados.

Nika, quítate el dedo de la boca. Ya eres grande. Dentro de ocho años serás novia. Mira si se te pega esa asquerosa costumbre. Vendrá del otro lado del mar un magnífico príncipe, pedirá tu mano y tú, de pronto, ¡con el dedo en la boca! El príncipe lanzará un pesado suspiro e irá a buscarse otra novia. Y tú solo verás de lejos su carroza dorada con vidrios espejados… y la polvareda que levantan las ruedas y los cascos…

En una palabra, se volvió la más hermosa de las gatas. Castaña oscura con manchas de fuego; en el pecho, un pelo blanco y vaporoso; bigotes de quince centímetros; pelaje largo y brillante; patas traseras con gruesas perneras; la cola como un cepillo para deshollinar…

Nika, baja de las rodillas a Bóbik. ¿Acaso crees que la oreja de un cachorro es como la manija de un organillo? ¿Qué dirías si alguien te retorciera así la oreja? Basta, si no, no te cuento nada…

Eso es. Y lo más notable en ella era su carácter. Mira, querida Nika: vivimos al lado de muchos animales y no sabemos nada de ellos. Sencillamente no nos interesamos. Tomemos, por ejemplo, a todos los perros que tú y yo hemos conocido. Cada uno tenía su alma particular, sus costumbres, su carácter. Lo mismo pasa con los gatos. Y con los caballos. Y con los pájaros. Exactamente como con los humanos…

Pero, dime, ¿has visto alguna vez a alguien tan inquieto y alborotador como tú, Nika? ¿Por qué te aprietas el párpado con el meñique? ¿Te parece ver dos lámparas que se unen y se separan? Nunca te toques los ojos con las manos…

Y nunca creas en las cosas malas que te dicen de los animales. Te dirán que el burro es estúpido. Cuando a un hombre quieren insinuarle que es corto de luces, terco y perezoso, lo llaman con delicadeza «burro». Pero recuerda que, por el contrario, el burro es un animal no solo inteligente, sino también dócil, afable y laborioso. Pero si lo cargan más de la cuenta o se figuran que es un caballo de carreras, él simplemente se detiene y dice: «Eso no puedo hacerlo. Haz lo que quieras conmigo». Y se lo puede golpear cuanto sea que él no se moverá de su sitio. Me gustaría saber quién es más estúpido y terco en ese caso, si el burro o el hombre. El caballo es algo completamente distinto. Es impaciente, nervioso y susceptible. Hace incluso lo que sobrepasa sus fuerzas, y ahí mismo espicha a causa de su celo…

También dicen: «Tonto como un ganso»… Pues en el mundo no hay nada más inteligente que esa ave. El ganso reconoce a sus amos por el andar. Por ejemplo, cuando regresas a casa en medio de la noche. Vas por la calle, abres la puertezuela, atraviesas el patio… y los gansos callan como si no estuvieran. Pero si el que entra en el patio es un desconocido, enseguida se oyen sus alborotados graznidos: « ¡On-on-on! ¡On-on-on! ¿Qué es eso de andar deambulando por casas ajenas?».

¡Y qué buenos…! Nika, no mastiques el papel. Escúpelo… ¡Y qué buenos padres son, si supieras! A los polluelos los incuban por turno: una vez la hembra, otra vez el macho. El ganso es incluso más escrupuloso que la gansa. Si la gansa, en sus ratos de ocio, se queda hablando por demás con sus vecinas junto al abrevadero, como suelen hacer las mujeres, el señor ganso sale, la toma con el pico de la nuca y, con cortesía, la arrastra hasta la casa, hasta el nido, para que atienda sus obligaciones maternales. ¡Eso es!

Y es muy gracioso cuando la familia de gansos se digna dar un paseo. Delante va él, el amo y protector. Con fatuidad y arrogancia, lleva el pico hacia arriba. Mira a todas las aves de corral con altivez. ¡Y ay del inexperto perro o de la frívola niña como tú, Nika, que no le ceda el camino!: enseguida se contorsiona como una serpiente, sisea como una botella de soda, abre su duro pico y, al otro día, Nika anda con un enorme moretón en la pierna izquierda, debajo de la rodilla, mientras el perro no deja de sacudir su pellizcada oreja.

Y tras el ganso caminan los gansitos, verdes amarillo, como la pelusa de la clavelina en flor. Se aprietan el uno contra el otro y pían. Tienen el cuellito desnudo y no se mantienen con firmeza de pie; parece mentira que crecerán y serán como papito. La mamita va detrás. Bueno, describirla es sencillamente imposible: ¡toda dichosa, toda triunfante! «Que todo el mundo mire y se asombre de mi notable marido y de mis magníficos hijos. Aunque sea la madre y la esposa, debo decir la verdad: no hay nada en el mundo que se les parezca». Y se contonea toda así… tienes que ver cómo se contonea… Y la familia del ganso es punto por punto como una buena familia alemana en un paseo festivo.

Y observa otra cosa, Nika: a los que menos atropellan en las carreteras son a los gansos y a los perros salchicha, que parecen cocodrilos. Y eso que es difícil decir cuál de los dos es más torpe.

O tomemos al caballo. ¿Qué dicen de él? Que es tonto. Solo es bello, capaz de correr rápido y de memorizar lugares. Pero, por fuera de eso, es bobo de remate, y además miope, caprichoso, desconfiado y poco apegado al hombre. Pero esa tontería la dicen las personas que mantienen al caballo en oscuras caballerizas, que no conocen la alegría de criarlo desde potrillo, que nunca han sentido cuánto agradece el caballo a quien lo lava, lo limpia, lo lleva a que lo hierren, le da de beber y de comer. Tales personas solo piensan en montarlo y temen que cocee, que las muerda, que las tire. No se les ocurre refrescarle la boca, elegir un camino más blando, darle de beber a tiempo y con moderación, cubrirlo con una gualdrapa o con su propio abrigo cuando hacen un alto… ¿Por qué el caballo habría de respetarlas, me quieres decir?

Mejor pregunta a cualquier jinete innato sobre un caballo y siempre te responderá: no hay nadie más inteligente, bueno y noble que el caballo, siempre que, por supuesto, esté en manos buenas y complacientes.

Los árabes tienen los mejores caballos del mundo. Pero allí el caballo es un miembro de la familia. Allí le dejan a cargo a los niños más pequeños como si fuera una niñera de la mayor confianza. Quédate tranquila, Nika: ese caballo aplastará con el casco a cualquier escorpión o le dará una patada a cualquier animal salvaje. Y si el mugriento niñito se aleja a gatas y se dirige a unos arbustos espinosos donde hay serpientes, el caballo lo tomará con toda ternura del cuello de la camisita o del pantaloncito y lo arrastrará a la tienda: «No te metas, tontito, donde no corresponde».

Y a veces los caballos mueren de nostalgia por su amo, y lloran lágrimas de verdad.

Así cantaban los cosacos de Zaporozhie sobre un caballo y su amo caído en combate. El muerto yace en medio del campo, pero


La yegua alrededor camina

Su cola las moscas ahuyenta

A los ojos lo mira de cerca

Y su rostro de gotas rocía.


¿Y bien? ¿Quién de los dos tiene razón? ¿Un jinete dominguero o uno innato?...


¡Ah! ¿No te has olvidado de la gata? Bueno, vuelvo a ella. Es cierto: mi relato casi se evaporó en el prólogo. ¿Sabes?, en la antigua Grecia había una ciudad muy chiquitita con unas enormes puertas de acceso, al punto que una vez un viandante bromeó: «Vigilen bien su ciudad, señores, porque se les va a escapar por las puertas».

Qué lástima. Quisiera contarte muchas otras cosas: qué limpios e inteligentes son los cerdos, cómo las cornejas engañan de cinco maneras distintas a un perro encadenado para robarle el hueso, cómo los camellos… Bueno, está bien, nada de camellos. Te contaré sobre la gata.

En casa, Iu-iu dormía donde quería: sobre los sofás, sobre las alfombras, sobre las sillas, sobre el piano, encima de las partituras. Le gustaba mucho acostarse sobre los periódicos y meterse debajo de la primera hoja: en la tinta hay algo agradable para el olfato de los gatos, y, además, el papel conserva el calor a la perfección.

Cuando en la casa comenzaban a despertarse, su primera visita de oficio siempre era a mi habitación, pero siempre después de que su refinado oído captaba la matinal y pura vocecita infantil que, a mi lado, se oía en el cuarto.

Iu-iu abría con el hociquito y las patitas la puerta a medio cerrar, entraba, saltaba a la cama, hundía su rosada nariz en mi mano o en mi mejilla y se limitaba a decir: «Murrm».

Nunca en su vida maulló; solo pronunciaba ese sonido bastante musical de «murrm». Pero había en él matices muy diversos que expresaban ora cariño, ora inquietud, ora exigencia, ora rechazo, ora gratitud, ora enfado, ora reproche. Un «murrm» breve siempre significaba: «Sígueme».

Saltaba al suelo y, sin volverse, se dirigía hacia la puerta. No dudaba de mi obediencia.

Yo le hacía caso. Me vestía aprisa y salía al oscuro pasillo. El crisólito verde amarillo de sus ojos brillaba: Iu-iu me esperaba junto a la puerta de la habitación en la que solía dormir un joven de cuatro años con su madre. Yo se la abría. Un «mrm» apenas audible de agradecimiento, un movimiento ondulante de su ágil cuerpo, el zigzag de su vaporosa cola y Iu-iu se colaba en el cuarto de niños.

Allí se celebraba el ritual del saludo matutino. Primero —casi el deber oficial del respeto— un salto a la cama de la madre. «¡Murrm! ¡Buenos días, ama!». Naricita en la mano, naricita en la mejilla, y punto. Después un salto al suelo y otro salto a la camita del niño, a través del visillo. Un tierno encuentro por ambas partes.

«¡Murrm, murrm! ¡Buenos días, amiguito! ¿Has dormido bien?».

—¡Iu-iúshenka! ¡Iu-iúshenka! ¡Enternecedora Iúshenka!

Y la voz desde la otra cama:

— ¡Kolia, te he dicho cien veces que no te atrevas a besar a la gata! Los gatos son un foco de microbios…

Por supuesto que allí, tras el visillo, reinaba la más tierna y fiel amistad. Pero, pese a todo, los gatos y los humanos no son más que gatos y humanos. ¿Acaso Iu-iu no sabía que ahora Katerina le serviría crema y papilla de alforfón con manteca? Seguro que lo sabía.

Iu-iu nunca mendigaba. (Por el servicio agradecía mansa y cordialmente). Pero la hora en la que llegaba el muchachito de la carnicería y sus pasos los tenía estudiados en todo detalle. Si estaba fuera, sin falta esperaba la carne en el porche, y si estaba en casa, corría a su encuentro en la cocina. La puerta de la cocina la abría ella misma con incomprensible destreza. Esta no tenía un picaporte redondo y de marfil como la del cuarto de niños, sino uno largo y de bronce. Tomaba impulso, saltaba, se aferraba al picaporte con sus patitas delanteras y con las traseras se apoyaba en la pared. Dos o tres empujones con su flexible cuerpito y — ¡clic!— el picaporte cedía y la puerta se abría. Lo que seguía era más sencillo.

A veces el muchachito se entretenía largo rato con la carne, cortándola y pesándola. Entonces, de la impaciencia, Iu-iu se agarraba del borde de la mesa y comenzaba a balancearse hacia atrás y hacia delante, como un acróbata en una barra. Pero sin decir nada.

El muchachito era un alegre papanatas, colorado y de risa fácil. Le gustaban con pasión todos los animales, y de Iu-iu estaba verdaderamente enamorado. Pero Iu-iu no le permitía siquiera que la tocara. Una mirada altiva — y un salto al costado. ¡Era orgullosa! Nunca olvidaba que por sus venas corría sangre azul de dos ramas: la gran siberiana y la poderosa bujariana. El muchachito no era para ella sino alguien que le traía a diario la carne. Todo lo que estaba fuera de su casa, fuera de su protección y benevolencia, lo contemplaba con regia frialdad. A nosotros nos aceptaba con indulgencia.

A mí me gustaba cumplir sus órdenes. Por ejemplo, yo estaba en el invernadero cortando atentamente los brotes innecesarios de los melones — para ello se necesita mucho ojo. Hacía calor por el sol estival y por la tierra recalentada. Iu-iu se acercaba en silencio.

« ¡Mrum!»

Eso significaba: «Vamos, quiero beber».

Yo me enderezaba con esfuerzo. Iu-iu ya iba delante. No se volvía ni una vez hacia mí. ¿Y si me atrevía a negarme o a demorarme? Ella me llevaba del huerto al patio, después a la cocina, luego por el pasillo hasta llegar a mi habitación. Yo le abría con cortesía todas las puertas y le cedía respetuosamente el paso. Cuando llegaba a mi cuarto, saltaba fácilmente al lavabo que tenía agua corriente, hallaba con agilidad, en los bordes de mármol, tres puntos de apoyo para tres de sus patas y, con la cuarta colgando para mantener el equilibrio, me miraba por encima de la oreja y me decía:

«Mrum. Abra el grifo».

Yo hacía correr un chorrito fino y plateado. Estirando con elegancia el cuello, Iu-iu lamía aprisa el agua con su rosada lengüita.

Los gatos beben de tanto en tanto, pero mucho y largo rato. A veces, por diversión, le cerraba un poco la llave de paso, y el agua salía a cuentagotas.

Iu-iu se disgustaba. Impaciente, cambiaba de patas en su incómoda posición, volvía hacia mí la cabeza. Unos topacios amarillos me miraban con serio reproche.

«¡Murrum! ¡Deje de hacer tonterías!...».

Y metía varias veces la nariz en el grifo.

Me daba vergüenza. Pedía perdón. Hacía correr el agua como corresponde.

O también esto:

Iu-iu está sentada en el suelo, ante la otomana; a su lado hay una hoja de periódico. Yo entro. Me detengo. Iu-iu me mira fijo, con ojos inmóviles, sin pestañear. Yo la miro. Transcurre así un momento. En la mirada de Iu-iu leo claramente:

«Sabe muy bien lo que necesito, no finja. De todas formas, no se lo pediré».

Me agacho para levantar el periódico y enseguida oigo un suave saltito. Ya está sobre la otomana. Su mirada se suaviza. Hago con el periódico una casita con techo a dos aguas y cubro a la gata. Fuera solo queda su vaporosa cola, pero esta poco a poco se contrae bajo el techo de papel. La hoja cruje dos o tres veces, se mueve — y listo. Iu-iu duerme. Me alejo de puntillas.

Iu-iu y yo solíamos tener un momento especial de serena felicidad familiar. Era cuando yo escribía por las noches: una tarea bastante agotadora, pero que, cuando uno se acostumbra, depara un placer grande y calmo.

Arañas y arañas el papel con la pluma; de pronto te falta una palabra muy necesaria. Te detienes. ¡Qué silencio! Apenas se oye el querosén siseando en la lámpara, el ruido del mar en los oídos, y eso hace que la noche sea aún más silenciosa. Y toda la gente duerme, y todos los animales duermen, los caballos, los pájaros, los niños, y los juguetes de Kolia en la habitación contigua. Ni siquiera los perros ladran; se han dormido. Los ojos se ponen bizcos, los pensamientos se enturbian y esfuman. ¿Dónde estoy: en un bosque espeso o en lo alto de una torre elevada? Y te estremeces ante un empujón suave y ligero. Es Iu-iu que ha saltado del suelo al escritorio. Ignoro por completo de dónde ha venido.

Da unas vueltas sobre el escritorio, se apoya ya en una pata, ya en otra, elige el sitio y se sienta bien pegadita a mí, junto a mi mano derecha, como un ovillito esponjoso, algo encorvado y con omóplatos; las cuatro patas recogidas y ocultas; solo se asoman, apenas, los dos aterciopelados guantecitos delanteros.

Otra vez escribo con rapidez y entusiasmo. Por momentos, sin mover la cabeza, lanzó una fugaz mirada a la gata, sentada de medio perfil a mí. Su enorme ojo esmeralda mira fijamente el fuego, y a través de él, de arriba abajo, estrecha como el filo de una navaja, se ve la negra rendija de su pupila. Pero, por efímero que sea el movimiento de mis pestañas, Iu-iu logra captarlo y vuelve hacia mí su elegante hociquito. Las rendijas de pronto se convierten en unos brillantes círculos negros, y a su alrededor aparece un fino ribete de color ambarino. Está bien, Iu-iu, seguiremos escribiendo.

Araña y araña la pluma. Palabras armoniosas y cadenciosas acuden por sí mismas a la mente. Las frases se forman con sumisa variedad. Pero la cabeza ya comienza a pesar, la espalda duele, los dedos de la mano derecha empiezan a temblar: en cualquier momento, el celo profesional los acalambrará y la pluma volará por el aire como un dardo afilado. ¿No será hora de terminar?

Iu-iu también piensa que ya es hora. Ya hace tiempo que ha inventado un pasatiempo: mira con atención las líneas que crecen sobre mi papel, posa los ojos en la pluma y se figura que de esta saco moscas pequeñas, negras, feas. Y de pronto — ¡zas!—, su patita atrapa a la última mosca. El golpe es rápido y certero: la negra sangre se esparce por el papel. Vamos a dormir, Iu-iushka. Dejemos que las moscas también duerman hasta mañana.



Tras la ventana ya se puede distinguir los vagos contornos de mi querido fresno. Iu-iu se revuelve a mis pies, sobre la frazada.

Un día se enfermó Kolia, el amiguito y atormentador de Iu-iushka. ¡Oh, su enfermedad fue cruel! Hasta el día de hoy me da miedo recordarla. Solo entonces descubrí qué increíble resistencia posee el hombre y qué enormes e insospechadas fuerzas puede manifestar en los momentos de amor y muerte.

La gente, Nika, profesa muchas verdades trilladas y opiniones corrientes que asume como válidas y nunca se toma el trabajo de comprobar. Por ejemplo, de mil personas, novecientas noventa y nueve te dirán: «El gato es un animal egoísta. Se encariña con la vivienda, no con el dueño». Jamás creerían ni se atreverían a creer lo que ahora te contaré de Iu-iu. ¡Pero sé que tú lo creerás, Nika!

A la gata no la dejaban acercarse al enfermo. Y puede que ello fuera lo correcto. A lo mejor empujaba algo, lo tiraba al suelo, lo despertaba, lo asustaba. Y no fue preciso mucho tiempo para desacostumbrarla del cuarto de los niños. Pronto comprendió su situación. Se acostó fuera como un perro, sobre el suelo de madera, junto a la misma puerta, y metía su rosada naricita por la rendija de abajo. Así permaneció durante todos esos oscuros días, apartándose solo para comer y dar breves paseos. Era imposible echarla de ahí. Y también daba lástima hacerlo. Había que pasar sobre ella para entrar en el cuarto; la pateaban sin querer, le pisaban la cola y las patitas, a veces incluso la arrojaban fuera en el apuro y la impaciencia. Ella solo lanzaba un chillido, despejaba el camino y otra vez, suave pero obstinadamente, regresaba a su sitio. Hasta entonces, yo jamás había oído o leído acerca de semejante comportamiento entre los gatos. Los médicos están acostumbrados a no sorprenderse de nada, pero, aun así, el doctor Shevchenko dijo una vez con sonrisa condescendiente:

—Qué cómico es su gato. ¡Monta guardia! Qué cosa rara…

¡Ay, Nika! Para mí eso no era en absoluto cómico ni raro. Hasta el día de hoy guardo en mi corazón un tierno agradecimiento a la memoria de Iu-iu por su animal compasión…

Y esto también fue extraño. Tan pronto como la enfermedad de Kolia, tras una última y severa crisis, comenzó a ceder; cuando le permitieron comer de todo e incluso jugar en la cama, la gata, con un instinto particularmente refinado, comprendió que la desdentada y sin ojos se había alejado de la cabecera de Kolia, no sin antes proferir, de rabia, un chasquido con sus mandíbulas. Iu-iu abandonó su puesto. Por largo tiempo y sin pudor recuperó el sueño en mi cama. Pero, al visitar a Kolia por primera vez, no manifestó la menor emoción. Aquel la estrujó y apretujó, la llenó de nombres cariñosos, e incluso, por alguna razón, ¡en su arrebato la llamó Iushkévich! Ella, sin embargo, se desprendió ágilmente de sus manos, aún débiles, dijo «mrm», saltó al suelo y se marchó. ¡Qué entereza, por no decir qué apacible grandeza de alma!...

Ahora, querida Nika, te contaré cosas tales que tú quizás no creerás. Todas las personas a las que se lo conté me escucharon con una sonrisa — un poco incrédula, un poco astuta, un poco forzada y cortés. Algunos amigos me dijeron sin empacho: «¡Vaya, qué fantasía la de ustedes los escritores! De veras, es digna de envidia. ¿Dónde se ha visto y oído que un gato se dispusiera a hablar por teléfono?».

Y, sin embargo, ese fue el caso. Escucha cómo sucedió, Nika.

Kolia se levantó de cama delgado, pálido, verde; los labios descoloridos, los ojos hundidos, las manitos translúcidas, apenas rosadas. Pero ya te he dicho que la bondad humana es una fuerza grande e inagotable. Lograron enviar a Kolia, en compañía de su madre, a un magnífico sanatorio situado a unos doscientos kilómetros para que se restableciera. El sanatorio en cuestión podía conectarse directamente por cable con Petrogrado, y, con cierta insistencia, podía incluso llegar hasta nuestra villa de veraneo y hacer sonar allí nuestro teléfono. De todo eso se dio rápida cuenta la madre de Kolia, y una vez, con la más viva alegría y hasta con prodigioso asombro, oí en el tubo aquellas entrañables voces: primero una femenina, algo cansada y diligente; luego una infantil, alegre y animada.

Iu-iu, luego de la partida de sus dos amigos —la mayor y el pequeño—, anduvo largo tiempo inquieta y desconcertada. Caminaba por las habitaciones, metía la nariz en todos los rincones y decía expresiva: «¡Mik!». Por primera vez desde que nos conocíamos le escuché decir esa palabra. Qué significaba en la lengua de los gatos, no me atrevo a afirmarlo, pero, en la de los hombres, sonaba claramente más o menos así: «¿Qué ha pasado? ¿Dónde están? ¿Dónde se han metido?».

Y me miraba con sus ojos verdes amarillo bien abiertos, en los que yo leía asombro y apremiante interrogación.

Volvió a elegir para vivir el suelo, un estrecho escondrijo entre mi escritorio y la otomana. En vano la invitaba al mullido sillón y al sofá — se negaba, y cuando la llevaba allí con mis manos, se quedaba un minuto, daba un cortés salto y regresaba a su oscuro, desapacible y frío rincón. Era extraño: ¿por qué en los días de aflicción se castigaba tan obstinadamente a sí misma? ¿No querría con esa actitud castigarnos a nosotros, sus allegados, que a pesar de todo su poder no podían o no quería acabar con la pena y la desgracia?

Nuestro teléfono se hallaba en el diminuto recibidor, sobre una mesita redonda, y junto a esta había una silla de paja sin respaldo. No recuerdo en cuál de mis conversaciones con el sanatorio sorprendí a Iu-iu junto a mis pies; solo sé que eso sucedió desde un principio. Pronto, la gata comenzó a acudir ante cada timbrazo hasta que, por último, se trasladó a vivir en el recibidor.

Los hombres en general comprenden muy mal y lentamente a los animales; en cambio, los animales comprenden a los hombres mucho más rápida y sutilmente. Yo comprendí a Iu-iu muy tarde, solo cuando una vez, en medio de mi tierna conversación con Kolia, saltó sin hacer ruido del suelo a mis hombros, hizo equilibrio y estiró hacia delante, por detrás de mi mejilla, su vaporoso hociquito con las orejas atentas.

Pensé: «Los gatos tienen un oído estupendo; en cualquier caso, mejor que el de los perros y mucho más fino que el de los hombres». Muy a menudo, cuando regresábamos tarde de hacer visitas, Iu-iu, al reconocer desde lejos nuestros pasos, salía a nuestro encuentro a tres cuadras de casa. Eso quiere decir que conocía bien a los suyos.

Más aún. Entre nuestros conocidos estaba Georzhik, un niño muy inquieto de cuatro años. La primera vez que vino de visita fastidió hasta el cansancio a la gata: le tiraba de las orejas y de la cola, la estrujaba una y otra vez y corría con ella por las habitaciones apretándole el vientre. Iu-iu no soportaba eso, si bien, a causa de su eterna delicadeza, jamás sacaba las garras. Sin embargo, después, cada vez que venía Georzhik —pasaran dos semanas, un mes o incluso más—, bastaba que Iu-iu oyera la aguda vocecita del niño, que resonaba ya desde el umbral, para que a toda prisa, con un grito lastimero, corriera a ponerse a salvo: en verano escapaba de un salto por la primera ventana abierta; en invierno se metía debajo del sofá o de la cómoda. Sin dudas, poseía buena memoria.

«Así pues, ¿qué tiene de extraño —pensé— si ha reconocido la entrañable voz de Kolia y se estira para ver dónde se esconde su querido amiguito?».

Me dieron muchas ganas de comprobar mi conjetura. Esa misma noche escribí una carta al sanatorio con la descripción detallada del comportamiento de la gata y le pedí encarecidamente a Kolia que la próxima vez, cuando hablara conmigo por teléfono, sin falta se acordara y dijera en el tubo todas las anteriores palabras cariñosas que le decía en casa a Iu-iushka. Yo acercaría una trompetilla a la oreja de la gata.

Pronto recibí respuesta. Kolia estaba muy conmovido por la memoria de Iu-iu y le enviaba un saludo. Hablaría conmigo desde el sanatorio al día siguiente y, un día más tarde, recogerían las pertenencias, harían las maletas y saldrían de regreso a casa.

Y, en efecto, a la mañana siguiente el teléfono me comunicó que ahora hablarían conmigo desde el sanatorio. Iu-iu estaba a mi lado, en el suelo. La tomé y me la puse sobre las rodillas, pues de otro modo me habría resultado difícil sujetar el tubo y la trompetilla. Sonó la alegre y lozana vocecita de Kolia en el aro de madera. ¡Cuántas impresiones y conocidos nuevos! ¡Cuántas preguntas, pedidos y órdenes sobre la casa! Apenas si logré intercalar mi pedido:

—Querido Kolia, ahora pondré el tubo sobre la oreja de Iu-iu. ¡Listo! Dile tus cariñosas palabras.

—¿Qué palabras? No sé ninguna palabra —respondió con fastidio la vocecita.

—Kolia, querido, Iu-iu te está escuchando. Dile algo cariñoso. Rápido.

—Pero no sé-e-e. No me acue-e-erdo. ¿Me comprarás entonces una casita de exterior para pájaros, como ponen aquí en las ventanas?

—Vamos, Kólienka, vamos, mi cielo, vamos, buen chico, tú prometiste hablar con Iu-iu.

—Pues yo no sé hablar como los gatos. No sé. Me he olvida-a-ado.

De pronto, en el tubo algo emitió un chasquido, un graznido, y de él se oyó la brusca voz de la telefonista:

—No se puede hablar tonterías. Cuelgue. Otros clientes están esperando.

Un ligero clic y el siseo del teléfono se extinguió.

Y así fue como no resultó nuestro experimento con Iu-iu. Qué lástima. Tenía mucho interés en saber si nuestra inteligente gata respondería o no a aquellas familiares y cariñosas palabras con su tierno «murrum».

Y eso es todo sobre Iu-iu.

Hace poco murió de vieja, y ahora vive con nosotros el gato Agatino, divino y adivino. Pero sobre él, querida Nika, te contaré en la próxima.





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